D-os aún existe P 1 - Intelecto Hebreo

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06/09/2017
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D-os aún existe P 1

Colección y Consulta

D-os aún existe
(Primera de dos partes)


Por: May Samra de Achar

Esta es una historia verídica donde los personajes hablan por sí mismos.

Líbano 1976, Abdallah.
"Me llamo Abdallah, tengo 14 años y como mi nombre lo indica, seré esclavo de Alá y serviré al profeta, a nuestro partido Fatah y a la causa musulmana hasta el día de mi muerte.
Este fue el juramento que hice aquel día que para mí constituye el principio de mi verdadera vida. Lo que antes hubo, la miseria de la tienda de verduras de mi padre, mi madre trabajando de sirvienta en casa de unos judíos, nuestra vivienda en un sótano y mis esfuerzos por destacar en una escuela mediocre, todo parece ser una pesadilla que explotó con la guerra.

La guerra. ¡Cómo la amo! puso orden en el mundo caótico en que vivimos. Sabía que algo se preparaba. Las salidas furtivas de mi padre a medianoche, los rumores de un cambio, el desván que de repente se trasformó en arsenal, todo esto auguraba algo grandioso y de repente llegó: los disturbios en provincia y luego la capital que se trasformó en campo de batalla: tanques, armas, gente corriendo, sonidos y disparos. Mi padre nombrado jefe de zona, nos cambiamos a una lujosa residencia, antigua propiedad de unos adinerados cristianos. Todo el mundo ahora halagaba al jefe de zona y para todo se necesitaba una cuota. Nos hicimos ricos de la noche a la mañana, ¡bendito sea Allá! Ya no soy el hijo del verdulero, con los harapos que eran de mi hermano mayor. Ahora llevo mi uniforme y la cabeza alta.
La guerra nos ha devuelto nuestra dignidad. La dignidad de un juramento: "Me llamo Abdallah".
Este día vi prenderse en los ojos de mi padre una chispa de amor y orgullo así como algo de sorpresa, como si me viera por primera vez. Creo que nunca se había percatado de mi presencia. No era yo su hijo predilecto ya que de niño había sido enfermizo y tardé mucho en hablar. Como hijo de la segunda concubina no valía mucho, su preferido era Ahmed, el hijo de la primera esposa, el genio en los estudios, el que sacaba honores y opacaba a todos. Pero, ya no hay escuela, ya no hay honores y mi padre se ha dado cuenta que tipo de debilucho es Ahmed: ayer, en medio de la junta, deshonró a mi padre diciendo que debíamos negociar una solución pacífica y tirar las armas. ¡Tirar las armas! Como si hubiera otra manera de conseguir una vida digna.
Yo contesté que nunca tiraría las armas, que el Kalachnikov que mi padre me había entregado era ya parte de mi cuerpo y que sólo con sangre conquistaríamos lo que era nuestro: ¡Líbano! Yo no me iba a conformar con menos -grité- y no iba a parar hasta que no quedara un cristiano en este país.
Ahmed, entonces, bajó los ojos y después de una gran ovación me sacaron del recinto sobre los hombros.
Esa noche no pude conciliar el sueño pensando en las palabras que yo había pronunciado. Las repetí cien y mil veces en una especie de vértigo. Me quedé dormido al amanecer, y no fue hasta tarde que desperté al oír unos gritos espantosos y lamentos de mujeres.
Me levanté de un salto, me puse el uniforme sin olvidar mi metralleta y salí corriendo. En la sala, entre una muchedumbre yacía un cuerpo inerte: Amín, hermano de mi padre. Entre gritos y aullidos me enteré de lo que había pasado. Un judío había muerto y su cuerpo estaba tirado en la calle. Llegó otro judío, y le pidió a mi tío que le ayudará a mover el cuerpo. Mi tío accedió, fue cuando le llegó la bala directo en la cabeza.
Era un cuadro lamentable, su esposa, apenas unos ojos tras un velo, gritando como loca, sus hijos parados sin saber que estaba sucediendo. Había un desorden inexplicable. Esto era injusto: mi tío muerto por culpa de un judío, un sionista probablemente, un enemigo de nuestro pueblo y de todos los pueblos, ¡gente que toma sangre!
Esta muerte debía ser vengada. Fue entonces cuando empecé a gritar "Muerte a los judíos" y mi grito repercutió en dos, cuatro, veinte, cien veces que llenaron la casa, la cuadra, toda la calle. "Muerte a los judíos" era un grito de dolor y de coraje. La gente, al ver sangre, quería más sangre y todos empezaban a correr por sus armas, fue entonces que trajeron al judío responsable de todo, un señor de edad media barbón y con escaso pelo al que tenían agarrado del cuello: este era uno de los que visitaban la tienda de mi padre ordenando en voz alta y delante del cual todos se afanaban.
Ahora no era más que la sombra de una persona, la sangre ya no pintaba sus mejillas, sus ojos de pupilas exorbitadas miraban a su alrededor con temor, parecía un cadáver; la verdad es que para todos estaba ya muerto: la sentencia ya había sido dictada, nada más faltaba la forma de ejecutarla.
- ¡Abdallah! gritó mi padre: "A ti te toca la ejecución"; un escalofrío recorrió mi cuerpo y pensé: "Es ahora".
Será la primera vez, mi primer hombre, el privilegio de quitar la vida, de ser el brazo de Alá. Ya no más disparar en el aire o sobre unas latas pintadas de cruces y estrellas de David.
Ahora es el momento de la verdad.
Corrí junto a mi padre, y salimos mientras la multitud se llevaba al prisionero hacia el patio de la mezquita donde se llevaban a cabo las ejecuciones.
"¡Muerte a los judíos!", seguía sonando mientras yo caminaba con orgullo pensando que algún día sería un gran líder.
Tres personas entramos con el prisionero a la mezquita: era triste porque hubiera preferido que todos mis seguidores me vieran ultimar al condenado. Mi padre le vendó los ojos y le ordenó callarse; gritaba y vociferaba a más no poder pidiendo un juicio.
Cuando se dio cuenta que nadie le hacía caso, levantó la cabeza y sus labios empezaron a formar unas palabras: estaba rezando. "Es dudoso que tu D-os se acuerde de ti en este momento", pensé. "Una ráfaga de metralleta y ¡ya! Mi revancha contra el destino".
Empuñé el arma y apunté. De repente llegó mi hermano mayor gritando: "Mensaje del alto mando" y se llevó a mi padre y su ayudante.
Quedamos el condenado y yo, víctima y verdugo, mirándonos.
"¡Abdallah!, no lo hagas," dijo una suave voz. Detrás de uno de los pilares de la mezquita salió una sombra velada. "¡Detente!" decía la voz de mi madre. ¡No te manches las manos de sangre!

¿Cómo había mi madre encontrado la manera de entrar? "Es sólo un judío" le contesté.
¡No lo hagas! -repetía tratándome de convencer- ¡Déjalo ir!
Mujer -le contesté con mi voz más severa- regresa de donde vienes y no te entrometas. Este es asunto de hombres, y no te concierne. Detrás del velo vi entristecerse sus grandes ojos y aparecer una lágrima; las madres nunca aceptan que los niños se hacen hombres un día, pensé. Pero también vi en sus pupilas algo que parecía satisfacción. Me voltié de un solo movimiento temiendo lo que iba a ver.
El prisionero había desaparecido.

Líbano 1976. André

Son las cinco de la mañana y mis antepasados se han de estar revolviendo en su tumba. Permanezco acostado en la obscuridad, boca abajo, como un ladrón. Llevo cuatro horas tratando de transformarme en piedra, envuelto por el frío y las tinieblas, me duelen las piernas que no me atrevo a mover. Mis dedos se me han congelado alrededor del gatillo del rifle de largo alcance.




¿Por qué no reconocerlo? tengo miedo. Y como siempre, a pesar de mis quince años, de mi cuerpo bronceado de atleta, de mis músculos abultados formados por el ejercicio constante como siempre desde que era yo pequeño, cuando me invade la angustia, el miedo, el terror o la mezcla de los tres, como ahora, en ti pienso, madre, en tus dulces ojos, en la ternura de tu caricia, en el calor de tu abrazo, e inmediatamente me siento mejor. Veo tu imagen, arrodillada delante del crucifijo de oro de tu recámara, rezando para que vuelva pronto a ti, cosa algo improbable, yo, Andrés, tu único y querido hijo.
El niño obediente y sumiso de tan buenos modales, mejor educado, el primero en su clase, el de los cuadros de honor, el que citan como ejemplo los maestros... "¿Qué va a hacer de grande?" -preguntaban los maestros- "¿Comerciante como su padre? proponía mi padre. Pero tú ya lo tenías decidido: "André será médico, como su bisabuelo. Necesitamos un médico en la familia". En tu mirada orgullosa me veía yo corriendo al socorro de los enfermos, curando heridas, salvando vidas...
¡Madre!, si supieras lo que estoy a punto de hacer... espero me perdones.
Cuando me afilié al partido Kataeb, el partido cristiano que, desde siempre estuvo en el poder en Líbano, nunca me imaginé que las lecciones de tiro, las largas caminatas y los ejercicios militares me llevarían algún día a esta azotea. Pero tú no tienes la culpa, la culpa la tiene la guerra, simplemente la guerra, destrucción brutal de mi vida ordenada, mis sueños, ideales y convicciones.
La ciudad de Beirut, ciudad cosmopolita, una de las más bellas del mundo transformada en un conjunto de ruinas dignas de un terremoto; el terremoto causado por ambiciones políticas que se ha disfrazado de guerra santa entre dos religiones mayoritarias: la cristiana y la musulmana. Así se fue desmoronando el país, como un rompecabezas: zona cristiana, zona musulmana, zona cristiana, zona musulmana, así hasta el infinito. Tú quisiste que me fuera, me quisiste salvar. Me inscribiste en una de las mejores universidades de Inglaterra, compraste mis trajes, sin olvidar un "smoking" para las fiestas que son tan elegantes. Madre, como te hubieras sorprendido al ver que en estas fiestas visten harapos que avergonzarían a tus sirvientes. Los muchachos peinados a la "punk", los hombres con grandes aretes, la droga circulando... ¡Qué fiesta!

Empezaron a pasar las primeras copas cuando mi compañero de cuarto, un inglés medio loco, me empezó a presentar como "our refugee from Lebanon", "nuestro refugiado de Líbano".
Lo iba a callar diciéndole que no era ningún refugiado, que pagaba bastante cara mi estancia, que le haría palidecer de envidia el monto del saldo de mi cuenta de banco en Suiza, pero algo en mi empezó a decir: "Dentro de poco, todos los cristianos seremos refugiados a donde vayamos porque vamos a perder nuestra patria. Y ¿por qué?, porque yo estoy en Inglaterra, mi primo está en la Sorbona, Francia, no hay quien defienda nuestra causa. ¡Nos están diezmando! Si, en muchos países la religión mayoritaria es el cristianismo. Sin embargo nadie moverá un dedo para ayudarnos: para nosotros no habrá cruzada. "Los cristianos en Líbano están acabados". Verás, madre, por eso volví, mientras tú me crees seguro en otra parte del mundo...
Traté de irte a ver. Desde el aeropuerto tomé un taxi que pasó a través de barricadas y me llevó a casa. Las calles estaban desiertas, la reja se hallaba entreabierta, en el jardín crecían enredaderas y malas hierbas. Mi casa, mi hermosa casa legado de nuestra familia de generación en generación, la mansión de 24 cuartos que, varias veces había aparecido en las revistas de decoración, había sido bombardeada.
Entré. Mis padres no estaban. El viejo mozo, el único que se hallaba ahí, me informó que ustedes se habían ido a nuestra residencia de Bikfaya. En la sala, en medio de los sillones Luis XV y las mesas de chapa de oro por una parte del techo había caído.
Las lágrimas me cegaban, no estabas para consolarme. Corrí al cuartel general, me presenté como voluntario para cualquier misión peligrosa. En ese momento apareció nuestro jefe: "Necesito un voluntario para cerrar una calle". Lo miré interrogativo.
-"Necesito un francotirador. Se trata de que la calle quede inutilizada para que todo tráfico se detenga y podamos iniciar un ataque. El voluntario tendría que esconderse en una azotea que le indicaré, a las 8 de la mañana escoger un blanco cualquiera y eliminarlo. Interesados, levantar la mano".
Yo pensaba: -"Un blanco cualquiera es una persona de carne y hueso. No voy a ser médico, pero tampoco voy a matar a alguien a sangre fría". ¡Te lo juro! eso pensé madre, pero de repente se volteó hacia mí y dijo: "Claro este no es un trabajo para niños falderos que no quieren arriesgarse y que mamá manda a Inglaterra para cuidarlos".
"Sentí la sangre subirme a la cabeza, automáticamente levanté la mano. Inmediatamente supe que había cometido un error, pero lo hecho, hecho está, tu nombre en su boca sonaba a sacrilegio.
Ya amaneció en Líbano, patria mía perdida. Las 7:30. Mi pierna está hormigueando y el jefe seguramente se ha de estar carcajeando.
La calle silenciosa se empieza a llenar. Pasa un hombre que parece mi maestro de filosofía "¿Cuál es la diferencia entre el ser y no ser, André?" "Simplemente una bala, maestro". Pasa una señora cargando bultos: ¿no será ella mi víctima? Apresura el paso: en la calle hay alguien tirado, probablemente muerto. Pasa un muchacho alto. Tampoco éste porque se parece demasiado a mi hermano, y no vaya a ser la de malas; se han oído demasiadas historias de francotiradores que han matado a parientes. Allí va una muchacha de bonitas piernas: demasiado joven y guapa para morir. Pero André, no te distraigas, hay una misión que cumplir.
Se acerca alguien al cuerpo tirado en la calle, es un señor barbón que está gritando. Llama a alguien, parece que están tratando de levantar el cuerpo. Llega alguien con uniforme ¡es el enemigo!, contra éste puedo disparar con toda confianza. Apunta con cuidado André, sabes que aquí no hay dos oportunidades, después del disparo comienza el infierno para ti.
Apunto y disparo: el cuerpo cae encima del que estaba tirado. ¡Bravo, André, eres todo un héroe! Mi padre quería que yo fuera comerciante. Mi madre quería un médico.
"André, ¿qué vas a hacer cuando seas grande...?
¡Un asesino!

Continuará...



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