D-os aún existe P 2 - Intelecto Hebreo

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06/09/2017
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D-os aún existe P 2

Colección y Consulta

D-os aún existe
(Segunda y última Parte)

Por: May Samra de Achar

Líbano, 1976. Miriam
Cierto día vi fotos de un ghetto.


El maestro de ciencias sociales, se había provisto de un buen surtido de atrocidades sobre el Holocausto. A la mitad de la clase no aguantaba más, me fui a vomitar. ¡Qué horror! Mientras pensaba: a mí, nunca me puede pasar algo parecido en Líbano.

Líbano. Paraíso del vivir, el aire fresco de tus montañas fue el primero que inhalé, el que medio vida y que siempre, para mí, olerá a hogar. El calor de tus noches de verano cuando sopla el "Khamsín". Tus bosques de pino. El sabor de tu mar, el Mediterráneo. El orgullo del cedro milenario de tu bandera. Mi país, mi patria.



Sin embargo, Líbano es un país árabe, esto significa tener que esconder mi religión, ya que Israel nació y es el recuerdo de demasiadas humillaciones para los árabes, especialmente después de la guerra de los seis días. Existen países en el mundo donde los judíos caminan con la cabeza alta, donde se puede ostentar una estrella de David o un gorrito o kipá, que son símbolos de nuestra fe. Donde uno se puede llamar "David" "Isaac" o "Israel" sin ningún problema. Donde se puede hablar en hebreo sin tener que cerrar las ventanas. Donde se puede contestar "judío" a la palabra "religión" sin tener que bajar los ojos y esperar una pedrada.
Pero Líbano, desgraciadamente, no es uno de ellos. Somos una minoría, una provocación andante.
A pesar de todo, mi país no se consideraba antisemita y cerraba los ojos cuando era una puerta de escape para los judíos sirios hacia Israel; y yo me sentía una persona igual a las demás. Hasta hoy.
Hoy, por primera vez en mi vida, oí el grito: "¡Muerte a los judíos!" salir de una, de cien, y luego mil bocas, con un rencor y un odio reprimidos desde generaciones. Lo oí en boca de mi vecino, el abarrotero, que saludaba yo todas las mañanas, lo oí en boca de compañeros de niñez con quienes jugaba a las matatenas y a las canicas. Lo oí en boca de todo el barrio, gente que eran como mis hermanos, gente con la cual crecí, que conozco de toda la vida.
De repente ya no soy yo, la vecina, la amiga, la conocida, me lo han hecho saber, sólo soy "una judía", ahora soy el enemigo, el rival, el otro bando. Mi país se transforma en una trampa, mi calle en un ghetto, mi casa en una cárcel. ¿Cuánto tardarán los gritos amenazadores en llegar a mi puerta, derribarla y entrar? No se lo que más me asusta, si las metralletas y los cuchillos o los ojos de esos hombres vueltos bestias, ojos hambrientos de venganza y de sangre, ojos que ya no reconocen a nadie y sólo ven en mí una cosa: el judío en un país árabe.
Las botas de los soldados suenan en las escaleras. Estamos todos sentados en el piso (por miedo a las balas perdidas), apretados unos contra otros, los rostros enrojecidos, los ojos cerrados, con el único remedio contra el miedo y la locura: el rezo, ¡Sálvanos D-os...! ¡Shema Israel...! ¡D-os el Eterno...!, ¡D-os es nuestro, D-os es uno! un ruego, una letanía que llena la mente y aparta el miedo; palabras mágicas que alejan las imágenes del Holocausto y el ruido de las botas; canto sagrado que cubre todo bajo un velo opaco; bálsamo que me envuelve y me invita a olvidar. De pronto ¡golpes en la puerta, con cachas de metralletas! Mi madre se levanta, abre la puerta.
Entra un hombre pálido acompañado de un soldado. "¡Señora, por favor esconda a este hombre, es judío como ustedes. Lo quieren ejecutar, pues por su culpa, un francotirador mató a un musulmán, lo salvé de milagro! Tengo que irme, antes de que me busquen por favor ¡que no lo encuentren!, ya que sería también un problema para ustedes; hasta luego. Buena suerte".
"¡No me maten, por favor, no me fusilen; no he hecho nada! ¡Las metralletas no por favor yo sólo quería levantarlo! Blanco como el miedo, el condenado a muerte llora y balbucea. Estamos todos tratando de calmarlo; un vaso de agua detiene el temblor que lo agita y le devuelve unos colores. Parecería imposible que nuestra situación empeorara, y sin embargo, así es. Nuestro invitado inesperado, buscado por todos los soldados, constituye para nosotros un verdadero peligro. ¿Qué vamos a hacer? Sólo un milagro nos puede salvar.
-¡Ya lo tengo! -dice mi mamá- El departamento de enfrente.
Efectivamente el departamento de enfrente está vacío, ya que sus habitantes huyeron y lo dejaron, con todo y llave a nuestro cuidado.
- Ahí podremos esconder a nuestro "huésped", una vez repuesto le expondremos nuestro plan: aceptará, estoy segura...
Es nuestra única esperanza. Si lo logro, si me salvo, algún día escribiré esta historia, para que la gente sepa que he sido testigo de un milagro, que los milagros existen y con ellos la protección de D-os. ¿Pero existen...?

Líbano, 1976,12:00 a.m.
(Da vueltas en el departamento oscuro)

El prisionero aceptó el plan. Está solo. Sabe que se salvó de la muerte pero no sabe por cuanto tiempo. Esta mañana, estaba a salvo. Se despidió de su esposa, salió a la calle, y al encontrar el cadáver del viejo que conocía, le había parecido tan buena la idea de llevarlo a enterrar, de darle digna sepultura en el panteón judío. Había pedido la ayuda de un musulmán para poderlo arrastrar hasta el carro. ¡Maldito francotirador! Ahora ya eran dos los cadáveres aparte del suyo si es que lo llegan a encontrar. Mientras, el hombre piensa en su esposa; recuerda los días de su noviazgo; se imagina su cara aterrorizada cuando llegue a saber la noticia de su muerte. Pobre Sara, tan buena, tan dedicada al hogar, a los hijos. Sus hijos, la niña de los grandes ojos que siempre le abre la puerta como si lo estuviera esperando y le acaricia el cabello, que ríe cuando él le dice -que te vea novia, hija- a lo que contesta -no me quiero casar, papito, quiero estar siempre contigo-.
Y el niño travieso que vuelve loca a la madre y que le trepa por las piernas gritando ¡Papá, papá, ya llegaste!

Él pensaba dejarle un negocio precisamente a este hijo, para que lo trabajara cuando fuese grande. Pero ahora ¿Quién verá por ellos? ¿Quién le pondrá el "Tefilín" al niño el día de su Bar-Mitzvah? ¿Quién llevará a la niña al altar el día de su boda? No, no puede ser, él tiene que estar, él tiene que vivir porque falta mucho por hacer, falta mucho por vivir, falta mucho por decir. Su esposa nunca sabrá cuanto la quiso, cuanto la quiere, la rutina o la vida diaria, le había hecho olvidar que lo más importante eran sus seres queridos. El peligro mostraba ahora sus prioridades. Si solamente pudiera decirle, pudiera hablar con ella...
Sus ojos escudriñaban la oscuridad y buscaba a través de las sombras que los muebles proyectaban. De pronto, sus febriles dedos encuentran el objeto negro. Y empiezan a marcar.

Líbano 1976, 2:00 p.m.
El carro vuela por las calles desiertas de Beirut. El conductor está desesperado. En sus oídos suena todavía la llamada de la esposa de su hermano entrecortada de sollozos: "¡Está atrapado... Habló para despedirse... Lo quieren matar... Se ha escondido"!
¿En qué se habrá metido ahora su hermano? y ¿qué podrá hacer él, un maestro que la guerra ha jubilado? Su trabajo es la educación de los niños, son las letras, las risas y las tareas, no las armas y las granadas. Pobres niños que han cambiado sus cuadernos por metralletas y que están haciendo la guerra, pero por desgracia, con balas auténticas. Los hospitales están llenos de pequeños lisiados que se disparan uno al otro por un chocolate o un juguete. Se acerca al barrio judío: ante sus ojos aparece una barricada y ¡claro! un niño cuidándola. ¡La guerra es cosa de adultos, -piensa furioso- dejen a los niños fuera de ella!

Líbano, 1976 Abdallah. 10:00 p.m. Barricada al oeste del barrio judío.
-¡Lo vamos a encontrar, lo juro! Debe estar por aquí en estas calles del barrio judío, que tenemos cercadas. Ahora comienza la cacería. Grupos de hombres están pasando de casa en casa, registrando cada rincón y maltratando "cautelosamente" a los judíos, pues parece que Radio Israel ¡esos malditos sionistas! sacaron al aire un comunicado en donde advertían que si algo le sucedía a cualquier judío, se iban a desquitar atacando las posiciones palestinas. ¡Es una tontería tomar a esta gente en serio! pero órdenes del alto mando son órdenes. Ya veremos, más adelante cuando el Líbano sea nuestro, nos ocuparemos de Israel y los arrojaremos al mar. Sin embargo concedí permiso a mis hombres de llevarse cualquier cosa de las casas que registren, ¡ni falta que les va a hacer a esta gente podrida en dinero! Un grupo ya está en la sinagoga destruyendo todo y quemando los libros sagrados de los infieles. ¡Un poco menos de basura! Limpiaremos al fin Líbano. Entretanto yo me encuentro esperando a que el perro judío trate de escapar: esta es la entrada Oeste, la que lógicamente él escogería para la huida.
Se aproxima un carro. ¡"Alto"! le grita al conductor, un hombre canoso de lentes.
-¿A dónde cree que va. Tiene pase?
-Vengo aquí por un asunto de vida o muerte.
- ¿Ah, si, qué asunto es ese?
- Mi hermano está muy enfermo y vengo para llevarlo al hospital.
- Este no es un asunto de vida y de muerte, toda la gente está muriendo ¿Qué no se da cuenta que estamos en guerra? Identifíquese ¿A qué partido pertenece?
- A ninguno, yo simplemente soy judío, mire, si me permite...
- No señor, no le permito, y menos a un maldito judío. Uno de mis tíos acaba de fallecer por culpa de ustedes y sospecho que aquí hay gato encerrado. Ningún judío se reportó enfermo y nadie ha pedido permiso de salir para el hospital. ¿A qué viene usted?
- Es que yo... dice balbuceando.
- ¡La verdad! ¡Quiero la verdad! -exclamó impaciente.
- Bueno, la verdad es que mi hermano me habló y está en peligro. Lo están persiguiendo y...
- ¿Su hermano, es su hermano? Pienso: -Hoy es mi día de suerte y ¿en dónde está?
- No se lo puedo decir...
- Claro que lo vas a decir, eso va por mi cuenta. ¡Maldito traidor! ¡Sionista desgraciado, ya veremos si hablas o no!
- En seguida lo saco del carro por el cuello de la camisa y le doy dos patadas mientras lo voy arrastrando a la oficina de mi padre, -pensando- la suerte está de mi lado.
Lo empujo por la puerta de la oficina, llena de compañeros -¡Claro que lo haré hablar! y exclamo con gran orgullo:
- Padre, te traigo al hermano del traidor. Mi padre levanta la cabeza y se queda paralizado. Volteo y veo al aprehendido sonreír. Sonreír ¿Pero qué pasa aquí?
Mi padre sale del escritorio y abraza al judío.


Líbano 1966 p.m. (Diez años atrás...)
En la Alianza Israelita de Beirut, escuela oficial judía acaba otro día más de labores. Los padres han acudido a llevar a sus hijos y el edificio está desierto. Solamente una sola persona, aparte del portero, sigue trabajando: el maestro de primaria, el que nunca descansa, el que ha dedicado su vida a la educación de los niños.
Se detiene un momento, deja el lápiz y limpia sus lentes con cuidado. Sí, él ha escogido esta vida casi de sacerdocio porque los niños son su pasión, su religión, aparte de la judía; los niños, seres inocentes y traviesos, que apenas empiezan a conocer el mundo, son su misión. Cada día él idea más métodos, para que los pequeños dedos vayan formando las letras con más facilidad y que al final del año salgan de la escuela dominando el arte de leer y escribir. El maestro escucha un ruido del lado de la puerta. Levanta los ojos y ve a una mujer con velo cubriendo su rostro cargando a un niño de cinco años.
- Señora, ¿le puedo ayudar en algo?
- Maestro, mi hijo... Quiero decir que... No, mejor me voy a ir.
- Adelante, señora, explíqueme qué pasa. La mujer pasa y sienta al niño que se ve asustado, le cuenta su problema: este niño es sordomudo, ninguna escuela lo acepta y ella no posee los medios económicos para darle educación especial. Mientras habla, las lágrimas aparecen al borde de sus grandes ojos, pero ella las rechaza: ya lloró mucho y no ha servido de nada a su pequeño. Ella necesita hacer algo. Es sirvienta en casa de unos judíos y allí oyó hablar del maestro, de su dedicación y de su paciencia. Había decidido verlo, a pesar de que una mujer musulmana decente no va a visitar a un hombre solo. Su voz tiembla a través del velo. El maestro se pregunta cómo sería su cara. Pobre niño, encerrado en un mundo de silencio...
Antes de todo un examen médico, le aconseja. Uno de los amigos del maestro es otorrinolaringólogo.
El maestro escribe la dirección del médico en una hoja, así como una corta misiva recomendándole el caso y pidiéndole que cobre algo simbólico. La mujer parte como una sombra.
Al día siguiente, cuando se apresta a irse a trabajar, el teléfono suena, es su amigo diciendo: "Ya revisé al niño que me mandaste. Necesita una intervención quirúrgica. Quedará bien. Claro que después habrá que darle una larga terapia. Amigo, esta intervención la realiza un profesor de la universidad, si, temo que, para estas personas sea caro. A propósito, ¿por qué estás ayudándoles? ¿Son amigos tuyos o qué?
El maestro sonríe y piensa: hay gente que no entiende que para él, un niño es un niño, pobre, rico, o de cualquier religión. Se siente feliz. Otro niño más escuchará el canto de los pájaros, el grito del trueno o el tintineo de las campanas. Otro niño más cantará, reirá y será un ser humano normal. No importa lo que cueste. No importa si la caja de sus ahorros de tantos años queda vacía. Se embolsa el dinero y sale enfilando hacia la escuela donde, él sabe, después de las clases, que aparecerá la mujer con el niño, el niño que saldrá del silencio.
Si para el maestro el hecho de entregar el dinero fue fácil, lo demás parece una tarea titánica. Impartir terapia al niño que oye para que pueda hablar no es sencillo.
El niño oye al fin: la operación fue todo un éxito. Pero ningún sonido sale de su garganta. El maestro la recibe diario después del horario de clases. Ha ido a hablar con varios terapistas que le han informado sobre el tipo de ejercicios que se aplican en casos semejantes. Día tras día durante horas y horas, el maestro repite las palabras, articulando despacito con la ayuda de un espejo, de un dibujo, de música, esperando el sonido, el gemido, la palabra que pondrá fin al calvario del niño pero nada, no sucede nada, a pesar de los esfuerzos conjuntos del maestro y del alumno.
Cierto día, después de clases, el maestro está esperando a su alumno, sentado en una banca, cuando, en lugar de los pasos furtivos se oyen en el pasillo unas pisadas sonoras y hostiles.
Un hombre furioso aparece en el marco de la puerta, seguido por los ojos atemorizados del hijo y de la madre. Es el padre del niño que se acaba de enterar de lo sucedido con su hijo, y no se explica como no le pidió la madre su autorización para actuar como lo hizo... y encima de todo ¡con un maestro judío! Si, se le había comunicado el terrible problema de su hijo pero él opinaba diferente: "Si Alá así creó a mi hijo, sea respetada su sagrada voluntad". ¿Quiénes somos nosotros para decidir si el niño debe oír y hablar? La voluntad de Alá no debe ser contrariada. Mi hijo ya no volverá a su escuela, querido profesor", concluye en tono de burla.
- Señor, por favor, déjeme explicarle... -intenta decir el maestro-.
- No quiero explicaciones ni justificaciones. Soy el único que puede decidir del porvenir de mi familia y ¡esta mujer pagará por lo que hizo! grita, apuntando en dirección a su esposa, que tiembla en un rincón.
De repente, se oye una vocecita ronca, salida desde muy lejos, que balbucea: "¡No... No... le... hagas... daño...!
Son las primeras palabras del niño.
El maestro corre, lo abraza y lo echa al aire con un grito de júbilo, para volverlo a atrapar. La madre llora y se agacha, queriendo besarle los pies. El padre se ha transformado en una estatua: no sabe ya que decir. Finalmente recobra su compostura y se acerca al maestro:
- Parece que, después de todo, le tendré que agradecer lo que hizo.
- No me dé las gracias a mi -contesta el maestro- sino a D-os.
- ¿Qué D-os? -pregunta desafiante el hombre- el suyo o el mío?
- Usted sabe -sonríe el maestro abrazando a Abdallah- que D-os es uno.

Líbano 1976 Miriam 11:00 p.m.
"Escucha oh Israel, D-os es nuestro D-os, D-os es uno". Las palabras dan vuelta en mi cabeza como guirnaldas de flores. Mi mano derecha está temblando. La espera es terrible y es casi un alivio cuando se oyen de nuevo las botas en las escaleras y los golpes en la puerta... al fin la tensión acabará...
Mi madre abre la puerta, se encuentra con el extremo de la metralleta apuntando hacia ella. -¿Qué pasa? exclamó sobresaltada.
- ¡Entregue al prisionero señora! Sabemos que ustedes lo tienen escondido, grita el guerrillero, liberando el seguro de la metralleta con un sonido horrible, para mostrar que habla en serio.
- Está usted equivocado, señor, mire aquí no tenemos a ningún... -balbucea mi madre asustada.
- Déjeme decirle -dice la voz de un hombre que se quedó atrás en la sombra.
- Señora, ¿me reconoce? yo soy el maestro de la escuela y estoy buscando a mi hermano...
Mamá, no digas nada - suplico yo en silencio -, es una trampa, quien sabe que le hicieron al pobre hombre para obligarlo a traicionar a su propio hermano.
Pero delante de mis ojos, atrás de los guerrilleros, veo moverse la perilla de la puerta del departamento de enfrente ¡la puerta se está abriendo! y antes de que cualquiera pueda decir una palabra, el prisionero sale como energúmeno de su cárcel y se echa en brazos de su hermano, bajo nuestras miradas atónicas.
Soy amigo del señor verdulero… perdón, del señor jefe de zona; él me propuso ayuda para salvar a mi hermano -explica el recién llegado. Gracias, gracias Abdallah, grita mientras abraza al joven guerrillero que tiene cara de odio y que reprime, con un gesto de impotencia, las ganas de ametrallar a todos.llevo a mi hermano –continúa el maestro. Les agradezco mucho toda la ayuda que nos han brindado.
¿Y qué va a ser de nosotros? exclamo yo ¡No nos dejen aquí por favor!
¿Están de acuerdo tus padres? Pregunta el jefe de zona.-exclama mi padre. Entonces ¡adelante!
Miro a mi alrededor. ¿Qué me llevaré? Nada, debemos salir rápido con estos soldados que nos escoltarán hacia la libertad. Adiós, mi país, adiós patria mía, Líbano. Suiza del Oriente.
Adiós, paraíso perdido. “Ahora tendré algo que contar a mis hijos el día de mañana” pensé, mientras despegaba el avión, les contaré mi aventura y les explicaré que D-os aún axiste”.
Les heredaré un milagro.


Prólogo
Miriam y sus padres viven ahora en México, donde ella se casó y tiene cuatro hijos. Andrés, el francotirador arrepentido, se ha unido a “Médicos sin fronteras”, un equipo médico que arriesgan su vida para ayudar a las inocentes víctimas de la guerra y la hambruna.
Abdallah sigue con su guerra santa en Beirut.
El maestro y su hermano se han trasladado a Israel.


Cualquier parecido con una guerra existente o que haya existido no es de extrañarse en lo más mínimo.
La guerra es terrible donde quiera que ocurra.


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