De Príncipes a Méndigos - Intelecto Hebreo

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06/09/2017
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De Príncipes a Méndigos

1er Lustro Rev. Foro

Diciembre de 2010

Por: Jacobo Contente


(06/2011) Un príncipe (en femenino princesa) es un miembro de una aristocracia gobernante o nobleza. Normalmente es un título asociado a la realeza, siendo usado por hijos del rey. Típicamente, en la mayoría de las dinastías , recibe el título de príncipe, el hijo varón y heredero de un monarca, como son los casos del Príncipe de Asturias y Príncipe de Gales, aunque a veces se usa de forma más amplia con el nombre de “el infante”, entre la realeza española.

También es el título de algunos soberanos, cuyos países no son considerados reinos. En algunos países es también uno de los más altos títulos de nobleza (normalmente reservado para familias con sangre real). El título príncipe también se usa para referirse al esposo de una reina. También debemos señalar, que estereotípicamente este título ha sido asociado a la belleza y virtud, además ha formando parte de numerosos cuentos, fábulas y leyendas; como ejemplos: recuérdense la princesa Marina, Blanca Nieves o la Bella durmiente. En el caso masculino, su imagen, obra y actitudes, generalmente se ligan por lo general: a que son bellos, generosos, caballerosos y valerosos
.

Ahora bien, la segunda palabra o adjetivo calificativo, que forma parte del nombre del presente ensayo, en realidad viene siendo la contraparte de estos idealizados y bellos estereotipos. En realidad hay dos palabras casi idénticas, salvo que una va acentuada y la otra no. La que no lleva acento (Mendigo), la Real Academia Española señala que es el que pide limosna; pero en el noroeste de México, donde fue la cuna de la otra -que sí lleva acento- y que además ya es aceptada por la susodicha academia, usan la de limosnero para diferenciarlas. En esa región y en un gran número de países donde predomina el idioma español, Méndigo significa malo, cabrón, perro, pinche, infame, de mala entraña etc.

Una vez que han quedado claras las primeras diferencias, fugazmente pasamos a los viejos usos y costumbres del pueblo judío, en donde vemos claro que desde las épocas de los reyes, la realeza o nobleza judía dejó de existir junto con todos sus títulos y príncipes. Podemos afirmar que “clases especiales o privilegiadas” por así llamarlas, más nunca consideradas parte de la realeza o nobleza, fueron las sacerdotales con sus Levitas, Cohenes o Coanim, que existieron e influenciaron la vida del judaísmo hasta la destrucción del Segundo Templo; posterior a esos terribles acontecimientos, se les siguió considerando hasta nuestros tiempos, ya no con una jerarquía sacerdotal, pero sí como parte importante y honorífica dentro de los rituales sinagogales o algunas prácticas sociales.

Al paso de los tiempos surgieron determinados puestos o nombramientos también honoríficos, que las comunidades o aljamas judías imponían a pensadores, maestros, médicos y benefactores, cuyas personalidades y buen nombre por lo general, también trascendían al mundo gentil. Esa costumbre -aunque ahora muy disminuía- continúa en nuestros tiempos, hacia personas que por su profesión, conocimientos o por su bondad filantrópica -a ojos vista- han destacado, pero en ningún momento se puede equiparar con la realeza o nobleza, tal como se le conoce dentro de casi todas las culturas del mundo, en particular la del occidental.

De manera coloquial y solo en algunos casos dentro de las comunidades judías, escuchamos mencionar que alguien es piadoso, virtuoso o muy conocedor; o que cierto individuo procede de una familia buena, bondadosa o mench; también a nivel religioso, surgen calificativos como los de Gran Rabino, Tzadik (Sadiq en hebreo o árabe) o Guía Espiritual, cuyos significados apuntan desde una proporción distintiva, pasando por lo que es justo (por su raíz Cananea Sedeq o justicia), hasta santo en el judaísmo ortodoxo; esto último como algo verdaderamente excepcional, que se vincula en español al cristianismo y al latín “ Sanctus” o al hebreo “Kadosh” o elegido por Dios. Es curioso apuntar, que: en el cristianismo esa denominación es muy socorrida, usándose primeramente entre algunos fundadores de la fe; costumbre que se amplió de manera general, a cualquier persona cristiana cuya vida, milagros o características, cumplan con varios requisitos y tiempos ya establecidos por el Vaticano. En el judaísmo el calificativo de santo, normalmente solo lo encontramos aplicado en la Biblia, usado para destacar a importantes maestros espirituales o personalidades, que por algunos motivos -no apuntados como en el cristianismo- fueron elegidos o tuvieron contacto con Dios. Paradójicamente esa escases de santos en el judaísmo, a puesto nerviosos y generado cierta envidia a varios jefes espirituales de la ultra ortodoxia, permitiendo que sus feligreses antepongan el calificativo -de tan solo tres consonantes y dos vocales- a un mayor número de correligionarios, sin existir hasta ahora que se sepa, un reglamento o consenso, más o menos aprobado por alguna mayoría, en donde también se pudiera establecer -tal vez con un sello similar al de los alimentos permitidos- la santidad y propiedades de tantos objetos que ahora se venden.

Pero como alguien dijo: “Al César… lo que es del César… y a Dios… lo que es de Dios”. Hasta ahí todo estaría más o menos bien, pero si seguimos estableciendo comparaciones y análisis, desde las más altas autoridades de lo que usted amigo lector pueda imaginar, para intentar descifrar quienes son príncipes y quienes méndigos…haga sus cuentas por favor… y notará una franca inclinación de su balanza hacia la segunda categoría. Pero tampoco se termina ahí el asunto, pues por algo se titula el presente ensayo “De Príncipes a Méndigos”… le pido tan sólo lo medite un poco.

¡Estoy seguro que lo ha descubierto!... efectivamente en todo esto no existen solo dos categorías, sino una tercera que es la más peligrosa por sus consecuencias. Esta transición la llevan a cabo varios tipos de personas, hombres y también mujeres. Generalmente inician como supuestos príncipes, y posteriormente pasan a ser méndigos. Lamentablemente eso no sucede a la inversa; o sea, de alguien que siendo méndigo pase a ser príncipe; en la mayoría de los casos es un méndigo con ropaje de príncipe. Por cierto que estos últimos, son los más difíciles de detectar.

Lamentablemente en nuestros tiempos de “modernidad” (léase también globalización), el espíritu público o comunitario casi desaparece por completo; otra cosa sería una modernidad -con todos sus adelantos en las comunicaciones- si se mantuviera el sentido del bien común. Es por ello que es difícil predecir el futuro del mundo moderno, en los años que nos quedan por vivir, y en los tiempos de nuestros hijos y nietos, pues las razones fundamentales de la existencia, se han diluido y están a punto de desaparecer, por ciertas modas que amenazan a los hombres de nuestras sociedades desarrolladas; la razón fundamental es que se les ha debilitado su sentido del bien común, además de provocar la dispersión de las familias al interrumpir la cadena de recuerdos, por el incremento desmesurado de las necesidades, haciéndolos menos civilizados de lo que eran hace 25 o 35 años
Hoy por hoy, se admite una situación financiera crítica a nivel mundial, incluso en naciones otrora ejemplares en sus logros y sistemas económicos; ni se diga lo que las crisis han golpeado a la mayoría de los bolsillos de particulares, instituciones y diversas comunidades de todo tipo. Supuestamente en estos casos, algunas personas más inteligentes, hábiles-audaces o mejor libradas, que han podido conservar o incrementar su patrimonio -por lo menos hasta el pasado siglo- muchos se convertían en benefactores, o verdaderos príncipes entre familias, comunidades o naciones.

El que las “zonas grises” se multipliquen junto a la inseguridad, desesperanza y pobreza, es en gran parte por la carencia de príncipes, o mejor dicho, por el aumento desproporcional de méndigos, que han olvidado la verdadera proporción del ser humano, sus necesidades materiales, afectivas y hasta espirituales. Curiosamente el ser ganador (winer) o perdedor (looser), constituye ya toda una religión que se ha impuesto a toda costa y por todos los medios posibles, incluyendo -lógicamente- el cine y la televisión; esa máxima inculcada por los nuevos ideólogos del materialismo (léase también canibalismo) moderno, prevalece sobre todo lo que suene a ése bien común o verdaderas razones de existir de una humanidad, que muchas religiones han propagado durante siglos, como proclamado diversas constituciones nacionales.

Se dice que “no hay nada nuevo bajo el sol”…
Los príncipes y los méndigos siempre han existido y existirán.
El chiste es guardar las debidas proporciones en los contrastes.
…¿No cree usted?








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