De Waterloo a la Guerra Fría P.I - Intelecto Hebreo

Son las:
03/11/2017
Vaya al Contenido

Menu Principal:

De Waterloo a la Guerra Fría P.I

1er Lustro Rev. Foro

Febrero de 2011

Por: Jacobo Contente          Música: Fragmento Obertura 1812, Op.49, Tchaikovsky.


  • Cuando escuchamos el nombre de esta célebre batalla, de inmediato pensamos en la derrota de aquel famoso hombre de baja estatura, que lucía un gran sombrero al estilo bicornio militar de donde salía un pequeño mechón de cabello negro, y una de sus manos oculta entre sus ropas de campaña a la altura del estómago. Una figura de la que el mundo, por varios siglos, hablaría con pasión o rabia de sus impresionantes éxitos y numerosos errores. Un niño que debería tener ciudadanía italiana, si Génova no vende -tan solo un año antes de su nacimiento- la isla de Córcega a Francia. De adulto en alguna ocasión escribió: “Yo nací cuando la patria (Córcega) perecía”. Esto sucedió el 15 de agosto de 1769.


Muchos han opinado que la desmesura perdió a Napoleón, pero sin lugar a dudas la mayoría asegura, que si ése factor personal no hubiera existido, se hubiera convertido -como en su tiempo Alejandro- en Napoleón el Grande; prueba de ello es que no obstante los miles de muertos en combate, los franceses hasta hoy en día no le guardan rencor, depositando sus restos mortales

en la honorífica y majestuosa construcción de los Inválidos; pues gracias a él, los principios de la Revolución sobrevivieron y su período -aunque imperialista- realmente ha sido uno de los más brillantes y con efectos más duraderos que han existido.
Lenin llamaba a la Revolución francesa de 1789 “La Gran Revolución” y muchos historiadores la siguen considerando la revolución por excelencia. De sobra sabemos los acontecimientos -muchos de ellos muy sangrientos- que han llenado sus páginas, pero también se comprueba, que los principios emanados de ella, sirvieron de inspiración y apoyo para su independencia y sus constituciones a muchas naciones, como los Estados Unidos de Norteamérica y la mayoría de países latinoamericanos, entre ellos México.
Aunque Napoleón no formó parte inicial de ése gran movimiento que sacudiría al mundo del siglo XVIII y parte del XIX, muchos expertos en fenómenos políticos y sociales, a menudo dicen que Napoleón es la Revolución en persona, extendiendo su período de 1789 hasta 1815.

En un principio Bonaparte se distinguió como estratega en la campaña de Italia. Posteriormente su genio militar, llevó a Francia a obtener sonadas victorias, haciéndolo muy respetable y hasta imprescindible para gobernantes y militares. Otras de sus características que le sirvieron a la postre para llegar al poder, fue la práctica -desde su juventud- del pensamiento de la Ilustración que obtuvo de Rousseau, pero también ya mayor, ejerció el despotismo ilustrado de Voltaire. Su actuación en materia religiosa, lo llevaron a la firma de un tratado de paz con el mismo Papa. Decía que: “Yo soy musulmán en El Cairo, judío en Jerusalén y católico en Francia”.

Su personalidad y pensamientos lo llevaron a la creación de un Estado Republicano sin muchas variaciones hasta la actualidad, con uno o varios Tribunales para rendir cuentas. Pero algo que muchas minorías discriminadas o perseguidas -entre ellas la judía- le agradecieron de múltiples maneras, fue la orden de redactar y poner en práctica los valores revolucionarios en su famoso Código Civil.

Tal vez esa época legislativa dentro de la República, fueron sus mejores y más duraderos sucesos de todos sus mandatos. En todo ese tiempo, ya fuera en el ejército, la administración y el mismo gobierno, hizo una gran amalgama entre nobles y hombres con renovados principios; es por ello que muchos que le temieron, volvieron para ayudar a la grandeza de lo que se estaba construyendo.
Pero no todo le iba sobre hojuelas; para ése entonces, Inglaterra había roto la llamada Paz de Amiens (1803), y en 1805 conseguiría reagrupar a las monarquías continentales en una poderosa coalición. En el aspecto interno lamentablemente, Napoleón comete su primer gran error, al desear verse coronado como los antiguos reyes; ceremonia que tuvo lugar el 2 de diciembre de 1804 en la catedral de Notre-Dame.
Estos relatos anteriores a Waterloo (nuestro real punto de partida), se hacen para analizar las fuerzas de poder e influencia,  que desplegadas y entrelazadas a mediano plazo en el continente europeo y parte de Asia, llegarían a complicar hasta un punto de quiebre, los acontecimientos de la primera mitad del pasado siglo XX; el autor considera éste preámbulo importante, no tanto por el valor innegable de uno de los artífices de las legislaciones y costumbres más relevantes que se han dado en el mundo occidental, sino para que -a vuelo de pájaro- comprendamos los pormenores en que Francia se verá involucrada, ante el surgimiento de naciones cuyos férreos intereses y monarquías, llevaron al mundo a otras dimensiones y nuevas geografías.

Continuará…



Regreso al contenido | Regreso al menu principal