El Macabeo - Intelecto Hebreo

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03/11/2017
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El Macabeo

Colección y Consulta

El Macabeo     

 
Por: José Galicot
(Tijuana,B.C.)

Por el valle verde donde está enclavada la pobre casita del más viejo  y sabio de los rabinos de todo Israel, avanza un gallardo joven de tez morena y cuyo fuerte cuerpo va semicubierto de pieles curtidas.

Al aproximarse a la casa, los perros ladran con fuerza y en la puerta chirriante aparece un viejecito de venerable figura y que empuña un nudoso cayado, mientras dice con voz cascada.

¿Qué haces aquí, que se te ofrece?

Quiero ver al Rabí, solicito su consejo -responde con voz varonil  el visitante.

Pasa -dice el anciano, abriendo la puerta mientras se introduce en un pequeño cuarto donde se encuentra una cama pobre, una silla y muchos libros-, pasa, pasa, dime ¿en qué puedo servirte?

Has de saber, oh sabio, que de nuevo Israel está en peligro, que los enemigos roban nuestro ganado, incendian nuestros campos, sus incursiones son cada vez más audaces y cuentan con un formidable ejército.

Se ha llamado -continúa-, a todos los varones que puedan ir a la guerra, porque el peligro es inminente, pero yo Rabí, no quiero ir a pelear, no quiero matar ni ver correr la sangre, ni quiero ver llorar hijos sin padres, a mi me gusta ver los campos  labrados, verdes, yo deseo ir a trabajar la tierra y cuidar los rebaños... amo la paz... odio la guerra y he venido a verte pues anhelo saber tu opinión y lo que debo hacer.

El viejo se queda pensativo por  unos ins sus arrugas se hacen más profundas y responde muy lentamente:
Yo tampoco amo la guerra, durante mi larga vida he visto demasiadas  para creer en la razón de las armas, pero creo que cuando la tierra y la libertad que nos legó Dios están en peligro, no hay otra alternativa, pues no hay nada peor que la esclavitud que es el horrible futuro que nos ofrece el opresor, te sugiero  hijo mío, que hables con aquellos que han sufrido los feroces ataques de los enemigos. Ve a los campos incendiados y mira a las ovejas muertas, las casas destruidas y los muertos, eso enojará tu corazón y te impulsará a la lucha.

Con una sonrisa amarga responde  el joven:
En mi carne he sufrido los ataques de los invasores y ya antes  he combatido muchas veces, mira -dice quitándose las pieles que cubren sus anchos hombros mostrando feas cicatrices de viejas heridas- aquí están las huellas de mil ba mis ojos han visto a nuestros enemigos matar, y yo también he  matado -susurra- pero no siento en mi interior la fuerza necesaria para hacerlo más, estoy harto de ver el dolor y causarlo, mi corazón está helado.

De nuevo el Rabí medita, mientras  con los ojos francos del visitante.
Hijo mío, sólo me queda aconsejarte que vayas a ver a aquel  que inflama de patriotismo a nuestros soldados, aquel cuyas arengas encien en los corazones hogueras de increíble valor, ve junto al Macabeo, nuestro líder, que es un gran guerrero valiente y noble, seguramente será ejemplo para ti, como  lo es para todos los jóvenes. Ve junto al Macabeo, la fuerza de su espíritu iluminará tu pensamiento, te guiará, te servirá de ejemplo.

No puedo... -empieza a decir el  joven cuando Rabí lo interrumpe y continúa su arenga.
El Macabeo vale por mil soldados, se cuentan bellas leyendas de él,  sus hazañas son increíbles, sin el Macabeo nuestro pueblo estaría perdido, seguramente en él encontrarás el guía, el ejemplo a seguir y todas tus dudas se disiparán.

Un breve silencio se hizo, el joven  se levantó lenta y cansadamente como si tuviera sobre sus hombros la carga de siglos, y mientras las lágrimas asomaban a sus ojos dijo:

Oh Rabí... sabio entre sabios... no puedo... -susurra-,
no has dado  solución a mis problemas... yo soy el Macabeo.




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