El Tanatólogo P II - Intelecto Hebreo

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06/09/2017
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El Tanatólogo P II

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(Segunda y última parte)

El rol que desempeña ante el enfermo terminal

Por: Bertha Hoffman
(Agst/11)
Las emociones que se han descrito implican reajustes emocionales, y todas conllevan dificultad enorme de enfrentar y lograr, no cabe la menor duda. El tanatólogo tiene las facultades para apoyar, (se reitera) comprender, y ayudar al doliente a sobrellevar, lo más posible su pérdida. Idealmente, el procedimiento más adecuado para disminuir el sufrimiento físico y psicológico de los enfermos terminales y sus familiares, debe consistir en base a un tratamiento interdisciplinario en donde un psicólogo o psiquiatra
especializado en tanatología, un médico de cabecera, enfermeros (si se requieren y es posible sustentarlos), un médico especialista, un tanatólogo, los familiares y los amigos, unan sus esfuerzos y conocimientos para reforzar la paz en los últimos momentos de vida del enfermo al paciente y a los familiares mismos, durante y después de la terminación de esa. La intervención de todos al unísono.
El tanatólogo sabe que ante una pérdida, cualquiera que fuera, duele el cuerpo; duele el alma, la mente y el espíritu; duele la sociedad y su forma de ser; duele el dolor de los de alrededor; duele el pasado, el presente y el futuro; duele la soledad, duele la realidad.

Duele que la vida se acabe y el ser querido ya no está o se está yendo. Duele el silencio. Duele que el mundo siga su rumbo. ¡Todo duele! Y duele que todos acabemos igual, y les dejemos a nuestros seres queridos todo ese dolor. Y el tanatólogo lo entiende.
Y el tanatólogo ahí está, envuelto en el dolor del otro, aportando sus conocimientos y su ternura y su presencia. Deseando que con sus conocimientos el dolor se vaya menguando, y que la aceptación llegue pronto, muy pronto. Y la muerte, si aun no ha llegado, llegue pronto con bondad, dejando una huella que sea rápida de curar. Procurando que el enfermo yo el fallecido y sus dolientes se llenen de fuerza para soportar la ida y la ausencia.
Todas las personas soportan de diferente forma las etapas del duelo y el tiempo para procesarlas. Nadie es igual a nadie y tengamos el tino para respetar a todo aquel que ha perdido a un ser querido. La presencia, las caricias, nuestro hombro, nuestras palabras, nuestra compañía, siempre son de ayuda, y podemos ofrecerlos. A todos nos va a llegar este dolor, de una u otra forma y no sabemos qué comportamiento afloraremos. Todo doliente necesita amor y es lo menos que podemos ofrecer y dar.
Reflexiones:
Ante el sufrimiento y el dolor que la muerte envuelve necesitamos aprender a vivir. ¿Qué podemos aprender de una pérdida y de la vida? Aprendemos de este acontecimiento que "la muerte está tan segura de su victoria, que nos da toda una vida de ventaja", y que "todos merecemos vivir cada día sin importar cuantos nos quedan". Aprendemos que somos impotentes, pero tenemos el potencial para aprovechar lo que el mundo nos ofrece. Podemos aprender a apreciar lo que tenemos; el amor que nos brindan. Podemos aprender a dar, a llenar nuestros vacíos con lo que sí está y tenemos. Ahora somos más conscientes de que todos es efímero y necesitamos darle importancia a lo que sí la tiene, porque lo demás es trivial.
Todo soplo de vida se acaba con la muerte; y ¿qué queda? Nada; nada físico ni tangible: solo el recuerdo, solo las enseñanzas y los ejemplos. Solo volvemos a ver al que se fue, al que ocupó un espacio en nuestras vidas, en nuestros sueños, en nuestra memoria. Y nada más. Solo existe en nuestra imaginación y con ella podemos verlo y sentirlo y oírlo. Pero con tan solo un soplo todo se esfuma, se desaparece como una burbuja de jabón. Y ¿adónde va ese ser? Yo creo que a ningún lado: se pierde como el viento, como las olas del mar que estuvieron y luego desaparecieron y se confundieron con más olas. Porque no creo que haya ni un paraíso ni un infierno; ni una reencarnación, ni un angelito; ni otros mundos, ni otras dimensiones adonde existen esos que se fueron.
Yo creo en este mundo que veo, que huelo, que saboreo, que oigo, que toco, que gozo, que sufro. Yo creo en lo que siento ahora, hoy, porque aunque el pasado dejó su huella, ya se fue. El mañana, el mañana es desconocido. Tengo este momento, y tengo a todo y todos los que me rodean. Tengo mi vida y lo que me queda de ella: tengo este bello mundo que puedo disfrutar. Tengo el milagro de mi vida al que le puedo dar todo lo que puedo y todo lo que soy. Tengo el hoy y me tengo a mí.


Quisiera compartir con ustedes el pensamiento del Padre Mamerto Menapace (Monje Argentino, del Pueblo de Dios, Los Toldos, Buenos Aires, Argentina)

"Dicen que las alegrías, cuando se comparten, se agrandan,
y que en cambio, con las penas pasa al revés, se achican.
Tal vez lo que sucede, es que al compartir, lo que se dilata es el corazón
Y un corazón dilatado está mejor capacitado para gozar de las alegrías
Y mejor defendido para que las penas no nos lastimen por dentro"

NOTA: Las etapas psicológicas por la que pasa el enfermo que va a morir:
Negación, rabia o coraje, regateo o negación, depresión y aceptación,
fueron enunciadas de acuerdo al modelo proporcionado por la
Dra.- Elisabeth Kübler-Ross



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