Gracias Señor Shakespeare - Intelecto Hebreo

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06/09/2017
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Gracias Señor Shakespeare

Colección y Consulta

Por: Jacobo Konigsberg

El reciente aumento en los diversos servicios bancarios, a pesar del tan mentado "pacto", me incita a unas nada ortodoxas reflexiones en torno a la Banca... que a pesar de estar nacionalizada, se muestra tan insaciable como cuando estaba en manos de las "sanguijuelas capitalistas".
Por lo visto la banca es la banca y el dinero es el dinero, y éste no sabe de nacionalización o privatización, de izquierda o derecha, de masas o élites o de colores de banderas… el interés es el interés, la comisión es la comisión y el cambio es el cambio, nos pintemos del color que nos pintemos y profesemos la ideología o credo que profesemos.
Y eso me recuerda que tanto el judaísmo como el cristianismo y el socialismo condenan la usura y no de ayer. Los hebreos desde su más antigua legislación, el Pentateuco, prohíben el "neshej" (mordida) que es como calificaban la ventaja sacada por el préstamo o favor, y la Iglesia siguió milenios después el mismo ejemplo.
Sin embargo ya desde la remota Edad Media algunos cristianos y judíos se dieron maña para burlar esta prohibición.
El príncipe, al que en tiempo de paz le sobraba dinero, producto del pillaje al que se dedicaba por oficio o de las exacciones, a veces no sabía que hacer con él. Podía dedicarlo a fortificar su castillo, arriesgarlo en azarosas guerras o prestarlo a otros príncipes menos afortunados que él o a sus propios vasallos.
Esto último, que podía redituarle pingües ganancias con poco riesgo, le estaba prohibido por su religión, así que tomaba a una persona de otro credo para que a su nombre hiciera lo que a él le estaba vedado, y así obtener el lucro sin caer en el pecado. La persona idónea para este pecaminoso trabajo solía ser un judío que, temeroso del castigo que le impusiera su señor, administraba los dineros con diligencia y honradez, esperando siempre que su labor fuese apreciada y gratificada por su amo y, como el dinero que manejaba no era suyo, consideraba que tampoco incurría en pecado.
Así nos encontramos ante el curioso caso de dos individuos que realizan un acto condenado por sus respectivas religiones y del que ambos se consideran inocentes y libres de mácula.
- Yo no practico la usura -diría el príncipe cristiano- es el judío el que lo hace.
- No es cierto -respondería el vasallo judío- el dinero es de mi señor y es por su orden y en su beneficio que lo hago.
Podríamos creerles, o no. Aunque lo más seguro es que todo fuera una pantomima representada por un par de truhanes que bien sabían lo que hacían, pues los dos pícaros obtenían muy buenas ganancias, y sólo pretenderían lavarse mutuamente las manos con sus excusas, y presentarse ante los demás como piadosos observantes de la religión; pero ambos eran vulgares usureros así fuera el príncipe, cardenal y el vasallo recitara cuatro veces al día el "Shemonaesré".
El príncipe usurero fue siempre príncipe o a lo más: honorable príncipe-banquero, pero en la imaginación cristiana-europea prevaleció la figura del judío usurero-agiotista y más recientemente… banquero. Que si de los millones de hebreos que habitaron el viejo continente sólo algunos cuantos tuvieron ese oficio, eso nunca tuvo la menor importancia porque, sabemos, la realidad y la verdad son lo que menos cuentan.
Para la inmensa mayoría del vulgo cristiano Shylok, el antihéroe shakespeareano, sigue siendo el prototipo del judío. Ese horrible Shylok capaz de cobrarse su dinero con la carne del pecho de un joven cristiano, sigue inflamando la imaginación de las despistadas masas que no han atendido con cuidado el drama de Shakespeare. Porque Shylok en el cuarto acto, escena primera, se convierte al cristianismo, por lo cual no dejaré de exclamar:

¡Gracias señor Shakespeare! ¡Gracias y mil veces gracias por librarnos de este alacrán, que ni fue ni merecía ser judío, y llevártelo lejos de nosotros!
El genial sir William -profundo conocedor de las pasiones que gusanean en el alma humana- sabía la clase de tipo que era el tal Shylok, que no dudó ni un segundo cuando se le propuso cambiar de religión y aceptó al instante.
¡Qué diferencia con Rabí Amnon de Maguncia, autor de “Netané Tokef”, que prefirió que le cercenaran las extremidades antes que cambiar de religión, y que nunca se perdonó por haber dudado de su fe!
¡Qué diferencia con Rabí Yomtov ben Itzjak de York, Inglaterra, cuya historia pudo conocer Shakespeare, y que escogió autoinmolarse antes que abjurar a su credo! Esos sí que eran hombres de cuerpo entero, no alacranes.
¡Gracias, otra vez, don William Shakespeare!
Ahora los tataranietos del tal Shylok (que nunca fue de los nuestros) todos ellos respetables banqueros, perfumados, hipocritones y persignados, reúnen ambas estirpes: la del príncipe y la del usurero y dominan ambos oficios: el del pillaje impune y el del excesivo abuso.



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