La excelencias de la mujer en el judaísmo P II - Intelecto Hebreo

Son las:
06/09/2017
Vaya al Contenido

Menu Principal:

La excelencias de la mujer en el judaísmo P II

1er Lustro Rev. Foro

Las Excelencias de la Mujer en el Judaísmo
(Parte II)


Por: Carlos Benarroch

(Barcelona, España) Enero 2012


CONSIDERACION DE LA ESPOSA
Llama la atención la cantidad de recomendaciones que nuestra tradición hace al marido en favor de su esposa. El judaísmo enseña que se la ame: "ahabat ishtó". También que se la respete: "quebod ishtó". Lo encarecen los textos rabínicos: "Ama a tu mujer como a ti mismo y hónrala más que a ti mismo" (Yebamot, 62 b). "El esposo debe extremarse en honrar a su esposa, ya que la bendición de su hogar depende de ella" (Baba Metsiá, 59 a). "Respeta a tu mujer como medio de enriquecerte, ya que el hombre no tendrá prosperidad en su casa sino por causa de ella" (ibidem). Rabí Eliezer precisó que, a su criterio, el hombre que no está casado no es un hombre y que únicamente la unión de marido y mujer puede llevar al hombre a la perfección y bendición (Tosef. Yeb. 8:4).
¿Qué lección contiene el que Eva nazca de Adán? En Génesis 2:23 está escrito: "Esta será llamada "ishá" (mujer) porque del "ish" (varón) fue tomada". "Basar mibbesarí" (carne de mi carne), comenta Adán (Gen. 2:23). ¿No nos habla de algo intrínseco e íntimo?
Sobre la viudez del hombre, Rabí Alexandrí explicaba: "El mundo se oscurece para aquel cuya esposa muere" (Sanhedrín 22 a). Rabí Yosef, hijo de Rabí Janiná, y Rabí Abahú apostillaban: "y además pierde la sensatez (ibidem). En Yebamot 62 b se especifica que "un hombre sin mujer vive sin alegría, sin bendición y sin bien". Estas tristes opiniones tienen relación con la declaración divina después de crear a Adán: "No es bueno que el hombre esté solo" (Gen. 2:18). Es tan grave, que en el tratado Pesajim, e Moéd, se llega a contar, entre aquellos a quienes el Cielo rechaza, al hombre que no tiene mujer.


R. Samuel ben Najmám nos dejó dicho: "Todo es reemplazable menos la mujer de la juventud" y R. Yehudá enseñó a su hijo R. Isaac que: "El hombre encuentra la verdadera felicidad únicamente con la primera esposa". (¡Cuánto romanticismo!).
Pide el Talmud que el marido coma y beba menos de lo que le permitan sus medios, se vista de acuerdo con ellos; pero honre a su mujer e hijos en mayor grado (Jul. 84b). Esta advertencia me recuerda que Salomón Ben Verga en "Shebet Yehudá" (La Vara de Judá) acusa a los judíos de llevar a sus mujeres adornadas como "muías de Papa", mientras ellos iban como "asnos de carbonero". Buena lección para ciertos maridos es la reconvención talmúdica de no hablar a sus esposas con desprecio, porque ellas son propensas a las lágrimas y "Dios tiene en cuenta su lloro". Rab anunció: "Debemos cuidar de no herir los sentimientos de la mujer, dado que son sensibles a la injusticia, lloran fácilmente y su vulnerabilidad es grande" (Nezikim, 59a).
Existen numerosas citas del pensamiento judío sobre el amor del marido por su esposa. La siguiente es de novela rosa: "¿Por qué dice Génesis 29:11 que Jacob lloró cuando besó a Raquel al conocerla? Porque tuvo la premonición que no sería enterrado junto a ella" (Bereshit Rabbá, 7). Efectivamente, él está enterrado en Jebrón y ella en Belén. Muy sensible a la viudez masculina fue Rabí Yojanán. A su criterio: "Cuando un hombre ve morir a su primera mujer, es como si estuviese asistiendo a la quema del Templo" (Nezikim. Sanhedrín).
Considero paradigmático que se aboliera la ordalía bíblica de las aguas amargas, en caso de adulterio presunto de la mujer (Núm. 5:11-31). Ocurrió en la época del Segundo Templo, tomando como base a Oseas 4:14: "No visitaré yo a vuestras hijas porque se prostituyan... porque ellos también se retiran con prostitutas..."
En algunas sinagogas sefardíes se lee en Pentecostés (Shabuot - fiesta de la entrega de los Diez Mandamientos) un acta de matrimonio en la que la Torá figura como la novia, e Israel, como el novio. A propósito de las actas matrimoniales usuales, entre sus cláusulas protectoras de la mujer está la de que el marido no puede cambiarla de residencia sin el consentimiento previo de ella.
La equiparación metafórica, bíblica y rabínica, del amor de Dios por Israel y de este por Dios, con el amor de los esposos, así como la simbolización del pueblo judío como una fémina, son muestras de una sociedad en que imperaba el respeto y la consideración por el sexo femenino y por la institución matrimonial. El maridaje entre hombre y mujer sirve a menudo en los Profetas para personificar en lenguaje tropológico las relaciones estrechas del Eterno con el pueblo judío.
En el capítulo 2 de Oseas se trata a los hijos de Israel como una esposa infiel a la que Dios está seguro de recuperar. Cuando lo consiga "tú me llamarás Mi Esposo" (versículo 18) y "Yo te desposaré conmigo para siempre, te desposaré conmigo en justicia y en derecho, en amor y en compasión, te desposaré conmigo con fidelidad..." (versículos 21 y 22). Téngase en cuenta que, en Isaías 1:21, a la deslealtad de nuestro pueblo con el Ser Supremo se la considera "adulterio".
Lo afirma asimismo el versículo 5 del capítulo 62 de Isaías: "Porque como se casa joven con doncella, se casará contigo tu Edificador y con el gozo del esposo por su novia, se gozará por ti tu Dios". La exclamación más sentimental la encuentro cuando Jeremías, 51:5 dice: "¡Pero no ha enviudado Israel ni Judá de su Dios!".
El Supremo Hacedor vuelve a ser representado como el Esposo del pueblo hebreo. El término hebraico "almaná" (viuda), de la que tanto se cuidó en proteger nuestra Biblia, se aplica en ella a ciudades en desgracia. En Isaías 47:8-9 se usa para designar a Babilonia, y en Lamentaciones 1:1, refiriéndose a Jerusalén destruida, se llora por ella diciendo: "¡Como una viuda ha quedado la grande de las naciones!". En II Reyes 19:21, nuestro pueblo es llamado "virgen hija de Sión" e "hija de Jerusalén". La expresión "hija de Sión" (y no "hijo) aparece en muchos pasajes bíblicos como sinónima de Israel, de la misma manera que "bat Babel" por Babilonia, "bat Mitsrayim" por Egipto, etc. ("Bat" hija).
A nosotros, que vivimos en Barcelona, nos debe interesar que en tiempos medievales se tituló a la misma "ciudad y madre de Israel" y que idéntico calificativo recibió Gerona, otra ciudad catalana, en reconocimiento de su importancia en el mundo judío. (Es una locución empleada por una mujer, en defensa de su ciudad, a la que libró ella sola del asedio, que figura en II Samuel 20:19).

OTRAS ESTIMACIONES DEL BELLO SEXO
Piensen ustedes en la razón que daría lugar a que Raquel, la muy amada -por quien Jacob-Israel trabajó para su suegro durante dos veces siete años, para conseguir que éste se la diera en matrimonio (Gen. 28:15-30)- es el personaje en quien el profeta Jeremías, representa el dolor del exilio de Israel. Una mujer y no un hombre, una de nuestras madres y no uno de nuestros patriarcas. Dice así el texto sagrado: "En Rama se escuchan ayes, lloro amarguísimo, Raquel llora por sus hijos" (Rajel mebakká al, baneha") (Jeremías 31:15) ¿No es un hecho llamativo? Y nuestra tradición asegura que el Todopoderoso escuchó su lamento. ¿Cuál fue su mérito? Nada hay más conmovedor que las lágrimas de una madre implorando por sus hijos; pero no es la única madre de nuestra historia y en este caso, ella no lloraba sólo por sus propios hijos, los descendientes de José y Benjamín, sino por todos los hijos de Israel, su marido, que tanto amor le había demostrado.
Da respuesta al interrogante Ejá Rabbá, I, donde se clarifica que fracasaron en sus súplicas Abraham, Isaac, Jacob y Moisés, mientras Raquel argumentó: "¡Dios mío! Tú sabes que Jacob me amó con un amor incomparable. Que él sirvió a mi padre siete años para casarse conmigo y que, cuando terminó al primer plazo, mi padre decidió sustituirme por mi hermana y te consta que yo no sentí celos de ella y hube de esperar otros siete años más para que fuera mi marido. Por lo tanto, si yo que soy ceniza y polvo, no me celé de mi rival ¿cómo Tú que eres el Señor del Universo vas a encelarte de los ídolos que están adorando los israelitas? Por ellos no puedes sentir rivalidad, ya que son menos que nada" Su lloro y su argumento -termina manifestando el texto que copiamos- conmovieron al Rey del mundo que sentenció: "Tendré en cuenta tu súplica y devolveré a los hijos de Israel de nuevo a su patria". El destierro, de acuerdo con esta tradición, gracias a ella, no será definitivo. Las madres y esposas reciben una atención especial de "Ribbonó shel Olam", el Señor del Mundo.
Del enaltecimiento a que llega lo femenino en la especulación religiosa judía, consideremos que "la Cercanía", "la Proximidad del Altísimo" en nosotros se expresa en hebreo con la voz femenina "Shejiná". Se emplea para aludir a la divina inmanencia del Creador, como una revelación de lo santo en medio de lo profano, como una manifestación del Todopoderoso, que está en todas partes como también en un lugar determinado. Reflexionemos asimismo que, en la "Kabbalá" (Cábala), la palabra "Sefirá" también del género femenino, cuyo plural es "Sefirot", representa uno de los aspectos de Dios. Juntas simbolizan, en nuestra mística, un mundo de luz divina en la Cadena del Ser, dentro de los misterios supremos inaccesibles a la mente humana. La Torá, personificada como una mujer, que es el nombre que se le da a la ley escrita y oral, es para el judío practicante la "Novia de Dios" y la "Novia de Israel" (Yebanot, 63b y Shemot Rabbá, 41:5). Por otro lado, en el poema litúrgico que se canta en las sinagogas en la recepción del sábado que lleva el nombre de "Lejá dodí", se alude a este día como "la novia" y la "reina" ("cal.lá" y "malketá") de Israel.
No conozco canción de amor semejante al "Cantar de los Cantares" ("Shir ha-Shirim"), que Rabí Akibá salvó de la exclusión del canon bíblico haciendo comprender que era "santo entre los santos" (Yad. 31:5. Cf.Eduy. 5:3 y Tosef. 2:14). En la interpretación judía, alegoriza el mutuo amor de Dios y el pueblo judío, la especial relación que les liga, donde el Inefable es "el Amado" y su pueblo "la Amada". (Memoricemos algunas de sus inmortales declaraciones de amor: "¡Oh! si Él me besara con besos de su Boca..." "Mi Amado es mío y yo soy suya..." "Qué hermosa eres amiga mía, esposa mía..." "Más duro es el amor que la muerte..." "Yo os conjuro, hijas de Jerusalén, que no despertéis, ni hagáis velar el amor hasta que quiera..." "¡No le digáis que estoy enferma de amor!...")
La esposa debe ser objeto de demostraciones especiales de ternura por parte del marido. El Zohar recomienda a estos que, cuando regresen al hogar recuerden que deben de alegrar a sus mujeres, en razón de que les deben el acompañamiento de la Shejiná. (Cf. Bereshit Rabbá, 49a - 50b). Todas esas muestras de cariño culminan, en el ritual hogareño de la cena sabática con el himno "Eshet Jayil" (Mujer virtuosa). Al volver de la sinagoga, el marido y los hijos lo entonan alabando a la dueña de la casa. Dicha práctica la inició el maestro cabalista R. Shelomó Luria, quien al regresar del rezo nocturno sinagogal, acostumbraba a besar las manos de su madre y cantaba Proverbios 31:10-31, que es el pasaje aludido, en honor de la Shejiná. Con el paso del tiempo, los hombres lo aplicaron a sus esposas. Comienza así: "¿La mujer virtuosa quién le encontrará? Es mucho más valiosa que las perlas.
Bueno será terminar este párrafo con la mención de Jeremías 2:2 en que se pondera la fidelidad de las antiguas relaciones amorosas de la nación israelita y Dios, su Esposo. No es fácil de traducirlo porque ninguna versión tiene la fuerza del texto hebreo: "Zajarti laj, jésed ne'uráiji, ahabat kelulatáiji...". Una versión libre podría ser: "Me acuerdo de tí (Oh Israel!), del cariño que me demostraste en tu juventud, de tu amor en nuestro desposorio...". O, en todo caso, si prefieren una traslación tradicional, optemos por la literal del ladino: "Me acordó de ti, de la merced de tu mocedad, del amor de tu noviedad...".

LAS HEROINAS JUDIAS
No hay duda que hubo y habrá heroínas judías. ¿Quién puede poner en tela de juicio la fibra femenina? ¿Os acordáis de Judit, quien decapitó valientemente a Holofernes? Se podrían referir muchos casos; pero, por no extenderme, indicaré únicamente unos cuantos que me parecen emblemáticos y que ponen de manifiesto el espíritu de sacrificio y arraigo de su creencia que caracterizan a la fémina. En algunas ocasiones de bautismo forzado, ocurrió que los maridos se convirtieron, mientras sus esposas permanecieron fieles al judaísmo, o les incitaron a no renegar. Lo dice R. Yaácob Ya'abés en el capítulo 7 de "Or ha-hayim": "Pues fueron ellas, las judías españolas, quienes persuadieron a sus esposos para que murieran mártires, mientras hubieron hombres que se bautizaron en el día amargo".
Entregó también su alma heroicamente Sol Hachuel, la joven marroquí decapitada en Fez en 1834. Tuvo la desgracia de ser denunciada a las autoridades musulmanas que después de haber hecho profesión de fe islámica ("shahada") continuó siendo judía. Ella lo negó insistentemente y se le ofrecieron honores si aceptaba la ley de Mahoma. El asunto llegó ante el sultán, ante quien repitió su negativa a apostatar del judaísmo. Fue condenada a muerte, que resistió imperturbable. Un romance compuesto en su honor, en judeoespañol de Marruecos, canta que el verdugo, antes de emplear su alfanje para decapitarla, le brindó la última oportunidad, pero ella prefirió morir. Sus correligionarios la conocen por "Sol la Saddika" (la Santa) -término dialectal correspondiente al hebreo "saddeket", femenino de "saddik"- (Enciclopedia Judaica, 7:1469).

Mártir judía fue a su vez Catalina Terongí, quemada por la Inquisición en 1691, apresada cuando intentaba huir de Palma de Mallorca junto con un grupo de chuetas como ella, para practicar libremente su judaísmo. Presionada para que se declarara dolida de su "pecado" y atrita, tuvo el valor de responder:



"Sólo se que soy judía y que quiero seguirlo siendo". Era consciente, con ello, que le esperaba la pena atroz de ser quemada viva y que renunciaba a la muerte, menos horrorosa, del ahorcamiento, antes que su cuerpo fuera entregado al fuego, pues esta era la gracia que se concedía a los "arrepentidos", si ya habían sido sentenciados a la hoguera (R.P. F. Guiraud: "La fe triunfante", Palma, 1931).
Generalmente aparecen hombres y mujeres en las relaciones inquisitoriales, hombres y mujeres juntos, pero quiero traer a vuestro conocimiento un auto de fe en que figuran sólo mujeres, celebrado en Valencia en 1523. En él murieron en el brasero: "Violant Ballester, Castellana Miró, Violant Puig, Constança Nicolau, Isabel Seguer, Brianda Puig, Ursola Moneada, Guiomar Puig y Violant Nadala" ¡Ningún hombre! (R. García Cárcel: "Orígenes de la Inquisición Española", Barcelona, 1985, pág. 202).
El célebre historiador Alexander Marx matiza que fueron mujeres la mayoría de las víctimas de la Inquisición que murieron mártires en la fe judaica y no optaron, a última hora, por la muerte menos dolorosa ("The Expulsion of the Jews from Spain"; JQR, os.XX, 1908, pág. 252). Las hembras, en mayor cantidad que los varones, dieron la razón a S. Ben Verga, cuando pone en boca del "rey Alfonso de España" que "hay tres aguas que se pierden, el agua del bautismo derramada sobre un judío, el agua que cae en el mar y el agua que cae en el vino", (op.cit. Granada, 1927, pág. 77).
Hasta qué extremo puede llegar una mujer en su fe y heroísmo lo vemos en la historia de Janná ("Ana" en la versión griega) y sus siete hijos, conocidos en el santoral católico por "Los siete hermanos macabeos", porque, por extraño que parezca, llegaron a recibir culto en los días 1º de agosto, como prefiguración de los posteriores mártires del cristianismo. Todos ellos padecieron la crueldad sin medida de los seléucidas, en el reinado del perseguidor del judaísmo Antíoco Epífanes (siglo II a.e.c). Janná vio morir a sus siete hijos en sangriento suplicio, animándoles a que no renegaran. La cosa se centró en coaccionarles a comer carne de cerdo, como muestra de su renuncia a la práctica judía. La violencia que sus asesinos emplearon no conoció límites, enardecidos por su obstinada negativa a ingerir el alimento prohibido por la ley de Moisés (Deuteronomio 14:8).
El primero de ellos fue flagelado, después le cortaron la lengua y las extremidades y, respirando todavía, le echaron al fuego. Al segundo le arrancaron el cuero cabelludo y sufrió a continuación el mismo suplicio que el primero. Igual sucedió a los restantes hermanos y todos entregaron sus almas inquebrantables, alentados por su extraordinaria madre, que murió después de ellos atormentada doblemente, por la crueldad indecible empleada con cada uno de sus hijos y por la que ella misma sufrió en su cuerpo con tenacidad inquebrantable.
Quien primero dio noticia de esta gesta fue el redactor del apócrifo "Libro segundo de los Macabeos" en el capítulo 7, que es aceptado como canónico por la Iglesia Católica y se encuentra en su Biblia. Ahorro a ustedes el relato de la muerte del hijo pequeño, porque me impresiona demasiado lo que le dice Janná para que no apostase y muera santificando el Nombre de Dios. ¿De qué madera estaría hecha esta madre excepcional?

TRES NARRACIONES SOBRE MUJERES
Por la Guemará sabemos que cuando Rabí Akibá conoció a la hija de Turnus Rufus, inmediatamente se enamoró de ella y escupió, rió y lloró. Escupió, porque recordó que ella venía de una gota hedionda; rió, porque supo que la convertiría y se casaría con ella; y lloró, porque se dolió al pensar que una belleza tan extraordinaria estaría un día bajo tierra (Nezikim - Abodá Zará, 20a). (Al leer esta anécdota de R. Akibá, queridas lectoras y queridos lectores ¿no deducen ustedes que es preciosa la sensibilidad de ese gran campeón de la fe judía? Todo lo que tiene que ver con este Rabí llena de admiración por él).
Un cuento jasídico de Martin Buber narra que la mujer de Rabí Zusia vivía siempre avinagrada y amargaba la vida a su marido. Finalmente llegó a pedirle repetidamente el divorcio, que él no quería concederle porque la amaba. Un buen día, después de haber llorado abundantemente, pensando en la separación, mientras dormía, llamó a su mujer, al despertarse, y le mostró la almohada húmeda de lágrimas: "¡Mira! -le dijo-. En la Guemará se dice que cuando un hombre desecha a su primera esposa, el altar derrama lágrimas por él... ¿cómo voy a darte la carta de divorcio?" A partir de aquel momento ella dejó de refunfuñar y al hacerlo se llenó de felicidad. Al sentirse feliz se tornó amorosa y el matrimonio fue de bien en mejor. Rabí Zusia encontró al fin la clave de su dicha matrimonial.
La tercera narración es una leyenda judía que cuenta que Alejandro el Magno, en su campaña de África, pasó por una ciudad en la que encontró solamente mujeres. Los hombres se habían escondido en las montañas. Con gran osadía, se presentó una delegación de féminas ante el conquistador y le argumentó como sigue: "¡Gran Alejandro! Nuestros hombres han huido por temor a tu ejército y nos han dejado solas. Si optas por matarnos, le gente dirá que Alejandro ha asesinado a mujeres indefensas. Si, por el contrario, te decides a atacarnos nos defenderemos y pudiera ocurrir que resultemos más hábiles y valerosas que tus soldados. Se comentaría entonces que fuiste derrotado por unas mujeres. De modo, que lo mejor que puedes hacer, para salvar tu reputación, es dejarnos en paz y seguir tu camino". Convencido por tan sagaz razonamiento, así lo hizo el famoso personaje; pero antes de abandonar la ciudad escribió en sus puertas: "Llegué hasta aquí hecho un tonto y aquí las mujeres me han hecho sabio".
No es extraño el éxito de esas mujeres. Ellas tienen gran poder persuasivo y, como ya dijimos, nuestra Biblia y el Talmud valoran grandemente el asesoramiento de las hembras. Vean otros dos casos que lo corroboran: Joab, el general del rey David, utilizó precisamente a una mujer para vencer la obstinación del monarca y lograr que se reconciliara con su hijo Absalón (Samuel II, 14:2 ss) y Juldá, la profetisa, es consultada por el rey Josís en asunto de trascendencia (Reyes II, 22:12-20).
Un adagio judeoespañol nos previene: "El consejo de la mujer es poco, "ma" quien no lo toma es loco". Otro judeoalemán apostilla: "La mujer convence al hombre para bien o para mal, pero siempre lo convencen".

COROLARIO
Cuando Moisés ascendió al monte Sinaí para recibir la Torá, el Sempiterno le encargó, según Éxodo, 19:3: "Así dirás a la casa de Jacob y esto proclamarás a los hijos de Israel". Comentando dicho versículo, Rashí, el más grande y conocido exégeta judío, no vio en la repetición de estas expresiones el paralelismo frecuente en la Biblia, el uso de dos locuciones análogas juntas con el mismo significado, sino que entendió que "la casa de Jacob" hace referencia a las mujeres y "los hijos de Israel" a los hombres. En definitiva que, de acuerdo con su autorizada interpretación, la solemne advertencia de fidelidad a Dios y a sus mandamientos da preferencia a las mujeres. Esta anteposición puede ser indicativa de que, para Dios, depende en mayor grado de la influencia del sexo femenino que del masculino, la creación y mantenimiento del espíritu y práctica religiosos.
A mayor abundamiento, en nuestro caso, bueno será aludir al misterio existente en el corazón de la mujer, del que hay pruebas históricas, de una mayor atracción por el judaísmo en las mujeres que en los hombres no-judíos, de un mayor número de mujeres convertidas a nuestra religión. ¿Tal vez se debe este fenómeno a sus abundantes prácticas en la vida familiar? No lo sé, pero lo cierto es que se puede constatar este hecho desde tiempos primitivos.
Valga citar a Séfora (Sipporá), esposa de Moisés, que no era hebrea sino madianita e hija de un sacerdote pagano. Nos llama la atención su protagonismo en la circuncisión de su hijo, que ella misma realiza y que había sido postergada por su marido (Éxodo, 4:24;26). Otra prosélita famosa fue la, al parecer, mal llamada "prostituta" Rajab, figura central en la conquista de Jericó por Josué, de la que una tradición cuenta que se casó con él, después de convertirse, y fue antepasada de ocho profetas y sacerdotes, entre los que están Jeremías y Juldá (Meg. 14). Es inolvidable a su vez, Rut la moabita, abuela de David, que ingresó por propia voluntad en el pueblo hebreo ("Tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios" - Rut, 1:16).
Fuera del relato bíblico, entre muchas que pueden ser recordadas que se colocaron "bajo las alas de la Shejiná", como se dice en hebreo, destacaremos a Beturia Paulina, la dama romana que se hizo judía a la edad de setenta años, recibió el nombre de Sara y por su celo en nuestra fe se le dio el tratamiento de "madre de la sinagoga" (Margolis & Marx: "Histoire du peuple juif", París, 1930, pág. 270).
Como es de suponer, la llamada del judaísmo es natural en la mujer nacida hebrea, y hay que procurar que no se apague por desconocimiento, o por una información desviada. Y, como último mensaje sobre sus merecimientos, evoquemos o demos a conocer que nuestra literatura exegética puso en claro que en los sucesos que tuvieron lugar inmediatamente después de la entrega de los Diez Mandamientos, la mujer ocupa un lugar de honor en la fidelidad al Dios Único. Ninguna cometió el pecado de idolatría, ni contribuyó con sus joyas a la erección del becerro de oro, como hicieron algunos hombres, y todas, en cambio, aportaron espléndidamente sus alhajas para la fabricación de los objetos sagrados del primer Santuario.
Antes de acabar esta apología, que tiene su raíz en sentimientos de justicia y admiración hacia nuestras compañeras en la vida, os pido, mujeres judías, que cuando digáis en la oración matutina: "Bendito Tú, Oh Eterno nuestro Dios Rey del Mundo, que me hiciste según Tu Voluntad", no penséis que Su Voluntad es relegaros a un plano secundario o de menor entidad que el hombre. No os concedió en vano la facultad de ser madres, la más hermosa de la tierra. ¡Miren ustedes! A veces, el parangón de los dos sexos resulta perjudicial para el masculino, como nota el refrán hebraico: "El anciano es una carga para la casa, la anciana es un tesoro" (arajim, 19).
Sentado todo lo dicho anteriormente, me parece oportuno denunciar que creo descuidada, por inadvertencia, la educación judía de la mujer en parte de nuestras comunidades y no acorde con los tiempos que vivimos y con la necesidad de su cooperación. En el tema de la enseñanza, se presta interés, casi exclusivo, a los hijos y no a los padres y principalmente a las madres. "El porvenir de la Alianza -dice Rabí Elie Munk- reposa en nuestros hijos, pero su educación es esencialmente obra de las madres". ("La Voix de la Thora". L’Exode, París, 1972, pág. 262).

Pongo punto final con una esperanza.
Que no me critique ningún misógino porque no mencioné ningún defecto de la fémina.
¡También los tenemos nosotros!







Regreso al contenido | Regreso al menu principal