La Maldición de Jacobo - Intelecto Hebreo

Son las:
06/09/2017
Vaya al Contenido

Menu Principal:

La Maldición de Jacobo

Colección y Consulta

La Maldición de Jacobo...

Por: Magdala


¿Cuántas veces hemos escuchado, le echaron la maldición del chamuco, la llorona o el mal de ojo? Esto provoca en algunos el esbozo de una sonrisa y en otros temor. Sin embargo, reflexionemos que a veces, tal vez por coincidencia, se cumplen.
Viajemos al siglo XIV, Felipe IV, rey de legendaria belleza, reinaba en Francia como amo absoluto. Había domeñado el orgullo guerrero de los altos barones, había vencido a los flamencos sublevados, a los

ingleses en Aquitania e incluso al papado, al que había instalado por la fuerza en Aviñón. Los parlamentos obedecían sus órdenes y los concilios respondían a la paga que recibían.
Para asegurar su descendencia contaba con tres hijos. Su hija habíase casado con el rey de Inglaterra. Seis reyes figuraban entre sus vasallos y la red de sus alianzas se extendía hacia Rusia.
Ninguna riqueza escapaba de sus manos. Etapa tras etapa, había gravado los bienes de la Iglesia, expoliado a los judíos y atacaba al trust
de los banqueros lombardos.
Para hacer frente a las necesidades del tesoro practicaba la alteración de la moneda. Cada día el oro pesaba menos y valía más. Los impuestos eran agobiantes y la policía se multiplicaba. Las crisis económicas engendraban la ruina y el hambre que, a su vez, eran la causa de motines ahogados en sangre. Las revueltas terminaban en la horca del cadalso.

Pero la idea de la unión nacional anidaba en la mente de este príncipe sereno y cruel, para quien la razón de Estado se sobreponía a cualquier otra. Bajo su reinado Francia era grande y los franceses desdichados.
Sólo un poder había osado resistirle, la Orden Soberana de los Caballeros del Temple. Esta formidable organización, a la vez militar, religiosa y financiera, debía a las Cruzadas, de las cuales había salido, su gloria y su riqueza.

La independencia de los Templarios inquietó a Felipe el Hermoso, mientras que sus inmensos bienes excitaron su codicia. Instauró contra ellos el proceso más vasto que recuerda la historia. Cerca de 15 mil hombres estuvieron sujetos a juicio durante siete años y en este período se perpetraron toda clase de infamias.
El viernes 13 de octubre de 1307 el rey Felipe mediante una gigantesca redada policial preparada con mucha anticipación, hacía detener al alba a todos los Templarios de Francia bajo inculpación de herejía, en nombre de la Inquisición. Entre ellos estaba Don Jacobo de Molay, Gran Maestre de la Orden; fueron encarcelados en las salas bajas, transformadas en cárcel de la torre mayor del palacio del Temple, en su propia casa matriz.


Jacobo de Molay recordaba cuando Felipe pidió ingresar en la Orden, con la evidente intención de convertirse en Gran Maestre. El Cabildo había respondido con una negativa tajante y sin apelación: ningún príncipe soberano podía gozar de mando en la Orden.
El rey Felipe jamás había olvidado aquella insultante repulsa. Comenzó a actuar con astucia y siguió colmando de favores y de pruebas de amistad a Molay. ¿Acaso el Gran Maestre no era padrino de su hija Isabel? ¿No era, por ventura, el sostén del reino?
Pero pronto el tesoro real fue transferido del Temple al Louvre. Al mismo tiempo, se inició una sorda y venenosa campaña de denigración contra los Templarios. Se les acusaba de herejes, prácticas obscenas, de hambreadores y un sin fin de delitos más.
Jacobo de Molay ahora encarcelado, torturado hasta el límite de sus fuerzas se repetía constantemente ¡lo pagarán! Clemente, Guillermo, Felipe... el papa, el guardasellos, el rey, morirían.

Siete años duró su encierro, su sufrimiento, hasta que en la primavera de 1914, después de soportar un juicio aberrante, fue condenado a la hoguera.
El jardín de palacio sólo estaba separado del Islote de los Judíos por un delgado brazo de río. La pira había sido levantada encarada a la galería real de la torre del Agua. Casi hacía frío aquel 18 de marzo, de vez en cuando una ráfaga estremecía la luz de las antorchas que proyectaban rojos jaspeados sobre el río. En lo alto de la pira, el Gran Maestre de los Templarios había sido atado a sendo poste, cubría su cabeza la infamante mitra de papel de los herejes. Inmóvil entre el cielo y la tierra, agitada la barba al viento.
El verdugo tomó de manos de uno de sus ayudantes el blandón de estopa encendida y lo hizo girar varias veces sobre su cabeza para avivar la llama.
El capitán Alan de Párenles se volvió hacia el palco real como aguardando una orden. Felipe estaba en pie contra la balaustrada. La mirada del rey y del Gran Maestre se cruzaron, se midieron, se enzarzaron, se retuvieron. La turba percibió instintivamente que algo grandioso, terrible y sobrehumano acontecía en aquella muda confrontación entre los dos príncipes de la tierra: todopoderoso uno; y otro, que lo había sido.
El rey hizo un ademán y Alan de Pareilles repitió el gesto en dirección al verdugo, y éste hundió el blandón de estopa entre los haces de la hoguera.
De pronto, la palabra del Gran Maestre atravesó la cortina de fuego, y como si dijera a todos y a cada uno de los presentes, prodújoles el efecto de una bofetada en pleno rostro. Gritó ¡Oprobio, oprobio! estáis viendo morir a inocentes ¡Caiga el oprobio sobre vosotros, Dios os juzgará!
La multitud aterrorizada había enmudeSe diría que estaban quemando a un loco profeta.
¡Papa Clemente… Caballero Guillermo de Nogaret… Rey Felipe...! Antes de un año yo os emplazo para que comparezcáis ante Dios, para recibir vuestro justo castigo! ¡Malditos, malditos malditos hasta la decimotercera generación de vuestro linaje!
Un mes después, el 19 de abril murió el papa Clemente, fue acometido de fiebres y angusLos físicos lo probaron todo para curarlo pero nada sirvió. Al enterarse Felipe y Guillermo no osaron mirarse ¿será posible, verdaderamente que estemos maldecidos...?
Transcurrieron 30 días y Guillermo de Nogaret enfermó gravemente. Hacia las cuatro de la mañana sus labios articularon débilmente Papa Clemente... Caballero Guillermo... Rey Felipe. Nogaret había muerto. El 4 de noviembre, mientras al rey cazaba en el bosque de Pont-Sainte-Maxence, sufrió un ataque que paralizó todo su cuerpo. A las tres semanas falleció, la enfermedad convirtió a aquel hombre de 46 años en un anciano demacrado que no vivía más que a medias en el fondo de un cuarto del castillo de Fontainebleau.
Lo sucedieron en el trono sus hijos Luis X, Felipe V y Carlos IV, sin embargo ninguno procreó hijos varones, así que a la muerte de este último, se extinguió la orgullosa casa de los Capetos para dar inicio a la dinastía Valois con Felipe VI.

¿Coincidencia? tal vez...





Regreso al contenido | Regreso al menu principal