La noche que salvé la Fraternidad - Intelecto Hebreo

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03/11/2017
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La noche que salvé la Fraternidad

Colección y Consulta

Por: Albert Djemal

El 14 de Julio es sin duda la fecha más sagrada, gloriosa y memorable para la Francia eterna y para el mundo civilizado. Una fecha que nos recuerda la toma de la Bastilla, los Derechos del Hombre y del Ciudadano y las tres palabras, símbolo de la Revolución Francesa que se inscribieron desde entonces en letras de fuego y de luz:
LIBERTAD - IGUALDAD - FRATERNIDAD
y que nadie en el mundo podrá olvidar.
Y especialmente yo desde aquel 14 de Julio…
Mi primer 14 de Julio en París.
Soy de un país donde la civilización francesa, la cultura y el espíritu francés tuvieron mucha influencia.
Antes de aprender mi idioma nativo yo ya hablaba el francés. Y antes de conocer los nombres de los héroes y los próceres de mi país conocía ya los nombres de Danton y Robespierre. Alejandro Dumas y Víctor Hugo eran mis autores favoritos y Tino Rossi -el Pedro Infante francés de aquellos años- nos volvía locos con sus canciones dulces y románticas.
Y como país dominado por Francia, el 14 de Julio fue para nosotros un día festivo y casi una fiesta nacional.
El que nunca estuvo en París un 14 de Julio jamás podrá imaginar la grandeza y la magnitud indescriptibles de esta fiesta nacional.
Una mezcla de la noche del 16 de Septiembre en el Zócalo de la ciudad de México y el carnaval de Veracruz, pero en cada calle, callejuela, "carrefour" y glorieta de la ciudad Luz. El pueblo de París sale a las calles para que, durante dos días y tres noches, bailar al son de las orquestas y de los acordeones los famosos "vals musettes" incomparables y únicos en el mundo.

Salí de mi cuarto del hotel dispuesto a integrarme enteramente a este torbellino de luz, música, alegría y frenesí que inspiran a los franceses las palabras mágicas de Libertad, Igualdad y Fraternidad.
En el pasillo me crucé con Erika, joven alemana, alta, delgada, pelo rubio, ojos azules y cara de ángel que vino a París a estudiar idiomas y romper corazones. Diario la veía y diario mi corazón daba brincos queriendo correr tras de ella. Pero nunca le demostré ningún signo de amistad, ni siquiera simpatía.
Estábamos todavía en la época de la postguerra y todos seguían la consigna de las autoridades aliadas de NO FRATERNIZAR con los alemanes y especialmente con las alemanas...


Seguí mi camino sin siquiera dejarla sospechar el salvaje deseo que me inspiraba su cuerpo joven y sensual y las muchas noches que me hizo perder el sueño al seguir sus pasos en su cuarto contiguo al mío e imaginándola desnuda bajo la regadera.
En el vestíbulo me recibió la voz dulce y maternal de la vieja madame Bernard:
- ¡Oh! mi pequeño Albert, que guapo te ves hoy. Muy adecuado para esta noche.
Madame Bernard era la conserje y nos trataba a todos los jóvenes inquilinos del hotel, la mayoría estudiantes, como sus propios hijos.
Sonriente, siguió hablando y mirándome con ojos llenos de malicia:
- Si mi pequeño, hoy es la gran noche, la noche de la Libertad. Durante dos noches y dos días los jóvenes de ambos sexos los pasan bailando, tomando y... haciendo otras cosas. La toma de la Bastilla, La Libertad.
Y con voz soñadora como si hablara a sí misma: "La toma de la Bastilla, ¿cuántas "bastillas" se toman hoy?... o más bien se entregan..."
Y volviendo a la realidad siguió: "Hoy cientos de miles de muchachas entregan sus bastillas... Todas jóvenes, guapas, ardientes y soñando con un conquistador. Hoy es el día de la Libertad. Viva la Libertad.
Dejé a madame Bernard soñando con su juventud ida y salí a la calle pensando en el sentido muy especial que dan los franceses a la LIBERTAD...
Me integré al torbellino humano.
Música, risas, alegría y frenesí y un olor a éxtasis flota en el aire embrujando a hombres y mujeres, jóvenes y viejos a lo largo de esta inmensa pista de baile que son las calles y las plazas de París.
No tenía la intención de conquistar. Era muy temprano todavía. Quería caminar, pasear, curiosear y respirar este aire perfumado y lleno de felicidad que respira el pueblo de París la noche del 14 de Julio.
Caminé y caminé a lo largo de las calles, miles de hombres y mujeres abrazándose y besándose y bailando al son de los acordeones que inflaman los sentidos y hacen hervir hasta la sangre de los ancianos.
Y seguí caminando como en un sueño. Boulevard Saint Michel, La isla Saint Louis y Notre Dame iluminada, la plaza del Chatelet y la puerta Saint Denis y tomar los grandes Boulevares. Montmatre, Capucine, la Opera y la Madeleine resplandecientes como joyas y en cada esquina, en cada plaza o plazuela la misma escena de música, bailes y alegría.
Y en este ambiente tan hermoso se aprecia en su exacta dimensión la palabra IGUALDAD. Muchachas blancas bailando y besando a jóvenes negros venidos de todas partes de África. Jóvenes franceses haciendo lo mismo con muchachas chinas o japonesas.
Aquí no existe la discriminación racial. Aquí reina la IGUALDAD.
Seguí mi camino por la calle Royale que desemboca en la hermosa plaza de la Concorde y atravesando el Sena me introduje de nuevo en la "rive gauche", la orilla izquierda para llegar al Boulevard Montparnasse y Saint Germains-des-Prés donde el existencialismo -en aquellos días- era rey.
Y en la terraza del Café de Flore encontré a Jacqueline, joven y hermosa y con un pequeño algo indescriptible que sólo las parisinas tienen el secreto.
Estaba sola y llorando.
- ¡Ola Jacqueline! le saludé.
- No me contestó ni me miró

- ¿Qué te pasa niña? le dije con voz suave. Sola y llorando en una noche así...
- ¡Cretino, miserable! murmuraba en voz baja, como si hablara a sí misma. Hacerme esto a mi... Engañarme de este modo.
- Pero por Dios, ¿quién es este miserable?...
- ¿Quién puede ser sino Alan?
Alan era un compañero nuestro en la facultad de filosofía y acompañante íntimo de Jacqueline.
- ¿Y se puede saber que te hizo Alan?
- Éramos felices, contestó Jacqueline soñando. Empezamos la noche cantando y bailando y los dos más enamorados que nunca. Yo, desde meses, no vivía más que por este momento, el momento sublime de poder demostrarle mi amor entregándome a él física y espiritualmente. De ser enteramente suya.
- Y... le dije impaciente e intrigado.
- La felicidad duró hasta que llegamos a su cuarto y me di cuenta que Alan era judío.

-
Pero Jacqueline, -le dije decepcionado- qué importa si Alan es judío, si él te quiere y tú lo adoras...
- Me miró derecho a los ojos y me contestó.
- Seguramente tendré muchos amantes en mi vida, árabes, negros, chinos, pero jamás perderé mi virginidad con un judío.

Me levanté y empecé a caminar en las calles abarrotadas de gente sin ver ni sentir a nadie.
¡FRATERNIDAD! me reía con decepción.

Quieren asesinar la Fraternidad humana.
Y de repente y como despertando de una pesadilla empecé a caminar, rápido, más rápido, a correr casi, rumbo a mi hotel. Si la gente respeta todavía la LIBERTAD y la IGUALDAD, mi deber era defender al último bastión: la FRATERNIDAD.
Entré a mi hotel y subí al tercer piso. Y siempre corriendo atravesé el pasillo hasta llegar a mi cuarto, pero no me paré allí sino frente a la siguiente puerta.
Hesité un momento y luego toqué.
Una voz soñolienta me contestó desde el interior:
- ¿Quién es?
Y antes de contestar rogué que estuviera sola.
- Abre, soy yo.

Unos segundos y se abrió la puerta. Y frente a mí, rodeada por los rayos de la luna y vestida únicamente por el aroma inconfundible del Chanel # 5 estaba la adorable Erika.
- Sabía que ibas a venir, me dijo sencillamente.
Y se echó en mis brazos.
Durante largos minutos estuvimos como volando en un ambiente de éxtasis, entre besos, abrazos y dulces caricias.
Y de repente se desprendió de mis brazos.
- Soy alemana.
- Y yo judío...
Y no debemos fraternizar.

- Al contrario, tenemos que defender este último bastión que le queda a la Revolución Francesa: la FRATERNIDAD.


Tenemos que construir a la Fraternidad
un pedestal tan alto y tan fuerte
que nada ni nadie lo podrá derrumbar.
Y piedra por piedra pasamos toda la noche
construyendo el futuro de la fraternidad humana.


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