Nacidos para Sobrevivir IV - Intelecto Hebreo

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Nacidos para Sobrevivir IV

1er Lustro Rev. Foro

Por: Andrea Montiel
(08/2011)
Y me nombraron traductor

Al fin llegamos a un lugar lejos de Moscú llamado Simbirsk.  Cuando comenzó la revolución y ganaron los bolcheviques, cambiaron los nombres de muchas ciudades, y a ésta la nombraron Uliánovsk,  en honor al primer nombre del padre de Lenin.   Estaba todo en orden ya que los alemanes aún no habían invadido hasta aquí.  Bajamos a la gente del tren y la instalamos en escuelas equipadas con techo y camas.  Sin embargo, la desorganización era total.  De seis o siete vagones, llevábamos a la mitad de las personas caminando alrededor de cinco kilómetros, y hasta que llegaron soldados de la guarnición, pudimos organizarlos.  Había muchísimos problemas.   La mayoría de la gente no hablaba ruso.  Aquello era un mosaico de razas y lenguas diversas. Esta situación me salvó una vez más.   Necesitaban una persona con conocimiento de idiomas.   En ocasiones durante  la noche, me despertaban para traducir a personas e interrogarlas.  Había muchos espías que los alemanes preparaban para sabotajes, además, gracias al pacto de neutralidad Germano-Soviético, surgieron cantidad de relaciones comerciales.  Rusia movía hacia a Alemania toneladas de trigo y otros productos, así infiltraban a su gente por todos lados.   Los rusos que se escaparon en tiempo del zar y vivían en Alemania, y los jóvenes ahí nacidos que estaban en el ejército alemán, eran utilizados para la infiltración.   Se incorporaban a los consulados y se dispersaban por el país.   Eran alemanes que hablaban muy bien el ruso.  Un poco después, llegó una orden en la que requerían una revisión completa al encontrar paracaidistas de la Quinta Columna que estaban en contra de los soviéticos preparándose para hacer sabotaje y dinamitar trenes y escuelas.  Yo me quedé en Simbirsk ayudando a la gente. La comida se comenzó a racionar y la vida era miserable.

   

Trabajé en un departamento de investigación de temas relacionados con los partidos alemanes y el nazismo en general.   Junto conmigo había varias personas, y entre todos, consultábamos libros, estudiábamos el manejo de armas, el funcionamiento del código militar y cómo ir en contra de las maniobras alemanas.  Más adelante me dieron un nombramiento que me abrió todas las puertas, aunque aún sin rango, hasta ver como me desarrollaba.  Tenía un uniforme semi militar  con una tarjeta que decía “Intérprete de idiomas: lituano, polaco, ruso y alemán”.   El carnet era importante.  Ya tenía una recámara con estufa para calentarme, un baño y un pase para comida como todos los oficiales.  Estaba más tranquilo a pesar de la cantidad de ocasiones en que me despertaban a media noche para ir a alguna prisión a ver personas, interrogarlas y realizar la interpretación de lo que decían.   Durante cuatro meses, noche y día, fui ayudante de uno de los altos jefes dirigente de una comisión que aún no enviaban al frente. Trabajé intensamente con él interrogando paracaidistas y prisioneros alemanes.  


El hombre de la maleta

Antes de ingresar a la escuela, el panorama en Rusia era un caos pues la guerra llegó de manera intempestiva.  Con la firma del tratado de paz entre Stalin y Hitler, nadie esperaba que explotara de un momento a otro. Gracias a esta situación, reubicaban constantemente las escuelas militares y no pude ingresar como lo tenía planeado. Al llegar a Rusia pensaba que podía estudiar de inmediato pero no fue así, entonces dediqué parte de mi tiempo a conocer varias ciudades. Como refugiado, al igual que muchas personas, para cualquier sitio se viajaba en trenes, incluso sin boletos.  

   

Durante un tiempo, visité un lado y otro, y a veces me quedaba en algún lugar que me gustaba.  Un día, en una de las estaciones ferroviarias vi a un hombre de baja estatura, regordete, ojos azules, calvo, tal vez de un poco más de 40 años que cargaba una maleta.  Se acercó y me preguntó de dónde era.  Le dije extranjero, de Lituania, de Vilna y comenzó la plática.  Le gustó la mochila que cargaba en la espalda y quería hacer un cambio con su maleta. No me pareció, además quería darme cien rublos y lo sentí sospechoso.  Era una maleta grande y cuando traté de levantarla, estaba tan pesada que no pude. Dijo ser un dentista que cargaba sus instrumentos dentales y por eso pesaba tanto.  Yo sólo traía ropa en mi mochila y sus cosas no cabían. El hombre insistió diciéndome que las acomodaba pero tampoco me pareció. Yo quería conocer la ciudad y me despedí.  Este hombre, con todo y maleta, terminó acompañándome.  Se llamaba Nikki, y nos conocimos en Kuibishev, ahora ciudad de Samara. Salimos a pasear varias horas, que se convirtieron en tres días y sus noches.   

   

Nikki era una fina persona. Nuestra conversación fluía y me contó que trabajó en un banco durante veinticinco años y era originario de Lvov, la capital de  Ucrania.  Yo estuve ahí alguna vez y mi padre en varias ocasiones y le dije que conocía el lugar.    Entre la plática del tercer día y a punto de tomar el tren, los trabajadores de la estación aún realizaban maniobras para colocarlo en las vías.   Al fin, abordamos en el último vagón donde no había nadie ya que esa parte correspondía al conductor y gente del gobierno. Nikki pagó un buen dinero para ocuparlo por completo. Incluso colocaron un aviso de “ocupado” y así no entrara nadie. En aquel tiempo, todo se ponía en venta, con dinero se hacía cualquier cosa. Sin embargo, no entendí cómo pudo pagar los mil rublos que costaba.  Era una fortuna.   Al fin, decidió enseñarme lo que traía en la maleta y me pidió que no me asustara.   Para mi sorpresa, cuando la abrió, estaba repleta de billetes de un lado, y del otro, monedas de oro del tiempo del zar de cincuenta rublos cada una.   No lo podía creer.     

   

Me contó que unas horas antes de la llegada de los alemanes, sacó lo que pudo del banco y escapó con dos maletas.    Sólo fue posible cargar con una.  A la otra le sacó el dinero y lo metió en una bolsa de tela que quedó enterrada en el jardín cerca de la casa de unos campesinos donde había pasado la noche.   Con miedo de que se despertaran, durante cuatro horas cavó el agujero donde sepultó el dinero.    Todo salió bien.   Cuando terminó de contarme esto, no sabía qué decirle. Si lo agarraban era hombre muerto, o al  menos, preso por mucho tiempo. Lo acusarían de sabotaje, de robo al banco, y los demás se quedarían con todo. Confiado, Nikki pensaba que no pasaría nada, y me invitó a asociarme con él. Con ese dinero tendríamos para vivir hasta el fin de nuestras vidas. Y en época de guerra, era el mejor pasaporte de salvación. Mi intuición me dijo en ese momento que una asociación con este hombre significaba un riesgo tremendo.  Y aunque yo no había hecho nada, el sólo hecho de ir en su compañía, me convertía en su cómplice.   Si lo agarran a él, a mí también.  Y, o nos fusilan, o vamos a parar a Siberia.  Además, de acuerdo a la constitución y las leyes de ese momento, las monedas del tiempo del zar en oro estaban prohibidas.     
    
Los pensamientos revoloteaban en mi cabeza: “Vamos solos en el tren…tengo una tentación tremenda…es mucho dinero…recuerdo a mi abuela Florence…sus monedas en el banco y los billetes en la casa…qué tontería … este dinero me puede resolver la vida…pero es peligroso…tengo los nervios de punta…la noche avanza…el lento movimiento del tren es desesperante…no logro conciliar el sueño…” Por momentos sentí la debilidad de quedarme con Nikki y al mismo tiempo de irme.  No sabía qué hacer, hasta que al fin me quedé dormido. Al despertar, recordé haber soñado con una profunda voz que me decía: “ese dinero no lo tocas”, y repetía de nuevo:  ese dinero no lo tocas”.
    
Desde siempre estuve sujeto a mi intuición en la que siempre confío. La intuición nunca me ha fallado.  Así decidí no asociarme con Nikki.  No tanto por miedo, sino porque consideraba que el asunto era un peligro. Si en tan poco tiempo había escapado de situaciones imprevistas terribles, no iba a adoptar un peligro voluntariamente.  De ninguna manera. Le pedí que tomara su camino y yo el mío.  Si me convertía en su cómplice, nunca tendría paz.  Además, en Rusia, sólo por robar diez rublos te daban hasta cinco años de prisión, o incluso la muerte.  Yo quería vivir y no arriesgarme por decisión propia. Nikki comprendió mi postura.  Me dio dos mil rublos en billetes y nos despedimos. Pensé que nunca más lo volvería a ver.  Años más tarde nos encontramos de manera sorpresiva…  




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