Nacidos para Sobrevivir V - Intelecto Hebreo

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06/09/2017
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Nacidos para Sobrevivir V

1er Lustro Rev. Foro

Por: Andrea Montiel
(Agst/11)
La escuela militar y mi amigo Grisha

Corría la mitad del año 1942. En Simbirsk ingresé a la escuela militar como cadete. Me dieron un cuarto compartido con Grisha, un estudiante de origen ucraniano. A las seis de la mañana nos levantaban con el sonido de la trompeta, cantábamos el himno nacional y después empezaban unas clases verdaderamente aburridísimas. Era necesario aprender acerca de todo tipo de armas, fusiles, metralletas y armar y desarmar pistolas. Yo siempre era el último en el armado. Mi mente no le daba la orden correcta a mis manos para nada y tenía que inventar algo para salir del asunto.

    Me recorrieron varias imágenes cuando vivía en Vilna. Recordé aquellos pescados de mi infancia, y el día en que a papá le vendieron una lancha de madera con remos para ir a pescar. Quería acompañarlo en la diversión y me compró una caña más pequeña que la de él. Nos fuimos a pescar cruzando el río hasta encontrar aguas cristalinas y pinos muy altos. Después de dos horas papá atrapó un pez diminuto. Yo, nada. Nos desesperamos. El domingo siguiente acudimos de nuevo a ver si teníamos más suerte. En el camino encontramos a un polaco conocedor de todo tipo de peces que tenía un puesto cerca de donde pescábamos. Este hombre compraba directamente a los pescadores y surtía a los mercados y tiendas de la ciudad. Se me ocurrió sugerirle a papá que le compráramos algunos, ya que todo el mundo al vernos llegar con las manos vacías se burlaría de nosotros. El asunto no le pareció correcto, pero lo convencí. Compramos cinco pescados bien grandes y dos pequeños. Al llegar a casa como héroes nacionales nos felicitaron por la hazaña.

    
Cada domingo hacíamos lo mismo y todos se quitaban el sombrero frente a nosotros.    La fama de grandes pescadores creció, la gente estaba sorprendida de nuestra suerte y comenzaron los comentarios. Nadie entendía cómo era posible que pescáramos los peces más finos y caros del río. ¿Cómo hacíamos para tener semejante tino? Claro, papá y yo escogíamos las mejores y más deliciosas carpas del vendedor cada vez que le comprábamos pescado. Al enterarse de los chismes que corrían por ahí mi padre se preocupó. Encima, un vecino quería acompañarnos a pescar y la diversión estuvo a punto de terminar.  

    Pero ahí no acabó la cosa, sino hasta aquél sábado en que no traíamos cambio para pagarle al pescadero. Al señor no le importó, y se le hizo fácil llegar a la casa a cobrar. No había nadie, sólo nuestra sirvienta a quien me encargué de poner al tanto de todo. Stasia le preguntó al pescadero cuánto debíamos, sacó de su propio dinero y pagó. De esto nadie supo y a papá se lo conté después. Para él lo que habíamos hecho estuvo muy mal, le entró una culpa terrible, y decidió vender la lancha. El vecino que siempre nos pedía enseñarle el lugar donde pescábamos la compró. Iba a pescar y regresaba muy triste sin nada, hasta el día en que atrapó algo muy pequeño. Decidió preguntar en qué sitio se juntaban más peces. Se encontró con el distribuidor que nos vendía, le ofreció unos magníficos pescados y le contó de nosotros. El vecino resultó ser mejor pescador que papá y que yo.


Aquellos pescados de infancia me ayudaron a resolver el asunto de las armas. En la escuela había una bodega en la que nos entregaban la pistola dentro de una mochila para el armado. Ya en clase, sobre una mesa, se colocaban las partes del arma para realizar el trabajo. Daban la señal y teníamos que comenzar de inmediato. Yo no sabía qué hacer ni cómo hacerlo. Una ocasión, en uno de los baños, me encontré con la persona que trabajaba en la bodega y le conté que por más que trataba no podía armar nada. Le ofrecí una buena ración de azúcar y tabaco de la que nos daban a todos pidiéndole que, en el momento de recoger mi pistola, pusiera dentro de mi mochila una desarmada y otra armada. Aceptó y realizamos el intercambio de azúcar y tabaco por pistolas.


El muchacho que trabajaba conmigo en la misma mesa era mi compañero de cuarto Grisha, a quien ya le tenía confianza. Comenzamos a trabajar. “¡Sacar el arma! ¡Desarmar!” Saqué la pistola armada y le quite dos piezas fáciles para que vieran que estaba haciendo algo. Con mi altura, siempre me sentaba en la última fila. Mientras el maestro llegaba hasta la parte de atrás del salón a revisar el trabajo, yo había terminado.   En dos semanas llegué a ser el número uno en armado y desarmado de pistolas. Incluso recibí un premio. Todo el mundo me saludaba de mano y yo pensando en mi papá cuando pescábamos y engañamos a toda Vilna. Pero ser atrapado en una jugada como ésta en mitad de 1942 en la Unión Soviética sí era problema.  Una trampa como esta era considerada sabotaje y podían darme hasta veinte años de prisión. Con las metralletas tenía más dificultad pues el disco era más grande que el de las pistolas. Los primeros dos días lo hice muy lento y mi preocupación de ser descubierto creció. Grisha estaba preocupadísimo y me advirtió que nos estábamos metiendo en un verdadero lío, yo por tramposo, y él por cómplice. La verdad, estábamos en aprietos, pero esto no requería más que audacia para sobrevivir la situación del momento.   


   Al día siguiente, me llamaron del departamento de personal de la escuela. Asustadísimo, lo primero que pensé fue que aquel pescado, las pistolas y mis trampas habían acabado. Entré, saludé al director, y ofreciéndome un cigarro, ordenó que me sentara. Le dije que no fumaba y sonrió. Sobre la mesa tenía una carpeta con mis datos. Con voz ronca e impostada me dijo:   
Tenemos muy buenos reportes tuyos, sabemos que estás muy atento a las  clases de política y eres muy inteligente.   
Mientras escuchaba sus palabras, mi mente señalaba acusadora: (…seguro que este señor ya se enteró que en la clase de armas tuve muchos problemas y ahora lo hago rapidísimo, me va a descubrir…)
   Y siguió diciéndome:  
Tú no eres para andar con esto de las armas, tienes cabeza para otras cosas en las que te necesitamos.   
   Cuando escuché esto, sobreviví,  me salió la sonrisa, me paré de la silla, le hice el saludo y le dije:
   - ¡A la orden!   
Mandó que me sentara de nuevo pues aún no había terminado el asunto.
Tenemos un reporte del partido por el cual sabemos que, cuando regreses a Lituania libre, vas a tener un puesto muy alto y con todos los honores.   
No entendí nada. La guerra apenas había iniciado y este hombre hablando de mi regreso a Lituania a dónde ni siquiera tenía idea de regresar.
Contigo está una persona, tu camarada ucraniano…
Mientras decía esto, me ofreció una bebida de tamarindo y comencé a sentir un sudor helado que me recorría todo el cuerpo.
Tienes un encargo del partido. Queremos que preguntes a tu compañero lo que piensa del régimen y de Rusia. ¿De qué hablan entre ustedes?
De inmediato contesté:   
De comida y de mujeres, muy normal a nuestra edad, y también de lo que pensamos hacer después de la guerra.  
   - Y tú, ¿qué quieres hacer?   
     - Militar, a mí me gusta mucho, quiero ser militar.
     - Pero tú debes estar en otra sección.
Sentí que a través del halago me estaba lavando el cerebro para después ordenarme una misión psicológica o algo parecido.
Tienes que investigar a tu amigo ucraniano. Sabemos que su padre está en Siberia, sentenciado a veinticinco años de prisión, y no ha querido revelar los contactos que tenía. A ver si por medio de su hijo podemos saber algo, y tú, vas a encargarte de sacarle la información.   
Le repliqué que compartíamos la habitación de la escuela, nos fascinaban las clases y estaba seguro que mi amigo no ocultaba nada.   
No importa, tú no puedes saber lo que él piensa en su interior.    
Con el comentario entendí que pensaban que mi amigo Grisha tenía doble personalidad.   
Cada dos semanas queremos que nos entregues un reporte escrito de lo que dice, lo que piensa y lo que hace.    
Atónito frente al oficial no sabía qué contestarle.   
     - Te puedes ir, ya tienes un encargo.   

    Al salir de su oficina estaba abatido. Pasaron dos semanas y mandé un reporte escrito en el que indicaba que no tenía nada que decir. Me llamaron de nuevo. El jefe no estaba y el subordinado me amenazó:   
Estás jugando con la vida. Te dimos una instrucción. El partido tiene en ti toda su confianza, y no has hecho nada por obtener la información que te pedimos.  
    - Pero yo no pertenezco al partido.   
     - No importa, te estamos preparando para el futuro.   
Estaba muerto del susto hasta que llegó el jefe. El subordinado salió y nos quedamos solos.  
Aquí tienes unos cupones para entrar a la cantina, quiero que emborraches a tu compañero y suelte toda la verdad. Y tú, toma este frasco de aceite de ajonjolí, bebes un poco antes de las copas, y el alcohol nunca se te subirá a la cabeza.
Su consejo me sirvió para aprender la fórmula de cómo no emborracharme y mantener la boca bien cerrada.

    Con el frasquito de aceite en las manos, caminé hacia el cuarto totalmente confundido y sin saber qué hacer. Grisha estaba sentado en la cama llorando. ¿Qué le sucede? ¿Será algo relacionado con su padre? No sabía qué decirle. Tratamos de dormir. Ni él ni yo dormimos nada. La inquietud era tal, que Grisha no dudó en prender la lámpara de kerosén, y yo en preguntarle si se sentía enfermo. Para sorpresa mía, me contó que lo habían llamado una semana antes y le dieron la misma instrucción de vigilarme igual que yo a él. En ese instante se desplomaron los sentimientos positivos que tenía por Rusia. Toda la noche estuvimos en vela. Ni él, ni yo podíamos creer lo que nos estaba sucediendo. En realidad, Grisha no sabía nada de lo ocurrido a su padre, incluso era de ideología comunista, miembro del partido y maestro en la universidad. Varios años atrás durante la noche, unos soldados llegaron bruscamente a su casa y se lo llevaron preso. El hombre nunca hablaba nada contra el gobierno, lo que se dice, nada. La familia se enteró mucho después que un vecino, colaborador suyo en la misma fábrica, quería su puesto. Como era influyente y con ideas estalinistas, a su padre le quitaron el trabajo y lo mandaron a Siberia. Grisha ya no pudo seguir estudiando, su madre se volvió loca, y fue internada en un hospital.


   Decidimos respetar las órdenes de la escuela y acudimos a la cantina para que los oficiales nos vieran. Bebíamos un poco de la copa y el resto lo tirábamos debajo de la mesa. Nos pusimos de acuerdo en que ambos diríamos lo mismo. Yo, de una muchacha que había conocido en Vilna, muy libre, que le gustaba beber y bailar, y Grisha, toda la verdad. El primer requerido fui yo. Me interrogaron en presencia de un testigo que apuntaba cada palabra que decía y firmó después de escuchar mis declaraciones. Dije lo que sabía del papá de mi compañero y que nada tenía en contra del gobierno. Después llamaron a Grisha y contó el asunto de la muchacha en Vilna. Un día, no subió al cuarto y pensé que estaba haciendo deporte. Me quedé dormido. Cuando desperté, su cama estaba hecha. Pregunté por él y me informaron que lo habían transferido a otro lado, a un departamento de demoliciones. A otra escuela que enseñaba cuestiones de ingeniería, y como su padre era ingeniero, el hijo tendría por consecuencia nociones del asunto. Nada fue cierto. Gracias a la secretaria de una de las personas que trabajaban en la oficina de la escuela, me enteré que Grisha había sido enviado a Siberia con diez años de prisión.


   Mis sueños de convertirme en militar se desvanecieron. Sentí el engaño en mi propia piel, perdí la confianza en todo. El próximo podía ser yo. Cada vez que tocaban a mi puerta pensaba que venían por mí. No dormía durante la noche, me acostaba vestido y con zapatos esperando lo peor. En una bolsita guardé jabón, sal, azúcar, tabaco, para prevenirme. No podía sino pensar, que toda persona nacida dentro o fuera de Rusia Soviética era siempre vigilada. Comencé a temerle a mi propia sombra en medio de una guerra que no entendía, con el enemigo en frente, o al lado, o atrás, y un único pensamiento de salvación: vivir con la mira adelante a pesar de no saber hacia dónde. En pocos días, otro muchacho de padres rusos llegó a compartir el cuarto conmigo.




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