Sabores - Intelecto Hebreo

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03/11/2017
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Sabores

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                                      S a b o r e s
                                     Cuento: Recuerdos de la infancia.

Por: Jaime Levy

Sept.2011

De cariño  me dicen Moni pero me llamo Salomón y vivía con mis padres Rafael y Sol Gabay y mis tres hermanas Abigail, Eva y Susana en el asoleado departamento catorce. Cuando nací, nuestra casa empezaba a resultar estrecha: un comedor para no más de  ocho comensales, una pequeña sala, un pasillo angosto, dos recámaras, una con balcón, una covachita y un baño con tina. Al lado del comedor, una minúscula cocina con calentador de leña. Y en la azotea, el cuarto de servicio y su tendedero.
  Cuando era bebé y dormía en el cuarto con mis padres, todo marchaba bien. Pero al cumplir  seis años, me instalaron en el cuarto de al lado con  mis hermanas y mi tía Monique, recién llegada de Cuba, quien pasaría una temporada indefinida con nosotros, mientras encontraba casa. Así que fue necesario sustituir una cama por dos  literas. Logré persuadir a mi madre de que no correría ningún peligro si dormía en la cama alta, lejos de la ventana, pues las literas estaban provistas de unos altos barandales. La tía se instaló en una cama cerca de la ventana que  daba a la calle, y aunque algo estrecha, era bastante cómoda. La mía resultó ser un remanso que me hacía sentir gran independencia de las mujeres. Cuando subía la escalerilla, de por sí un placer, imaginaba subir a mi castillo desde  donde emprendería maravillosos viajes a los confines de mi reino. Parado sobre la litera, en la cima de mis dominios, me deleitaba viendo hacia la acera de enfrente, como un rey en su trono viendo a sus súbditos pasar.

Los  martes comíamos solos Monique y yo. Fue un día lluvioso cuando, en el recreo, mi cabeza rebotó dos veces en el piso de cemento jugando "coleadas". Ser el último de la cola y tener las manos sudorosas, únicamente puede tener un resultado:  salir volando. Tuvo que ser ese martes de sufrimiento en que a María Elena, la sirvienta cacariza, se le ocurrió servir apio bola con zanahorias cocidos al limón: el "manjar" que más me disgusta. Podía haber hecho una pataleta y quejarme  por tan vomitivo platillo, pero no lograría nada, pues tía Monique tenía instrucciones precisas de mi madre para obligarme a dejar vacío el plato. ¡Encima del dolor de cabeza, esta otra tortura!
Retorciéndome de desesperación volteé a uno y otro lado, arriba y abajo. Mi mirada se detuvo en la lámpara del techo del comedor: una bella obra de arte de cristal translúcido en forma cónica. Urdo el plan. Cuando tía Monique se  levanta de la mesa para ir por sus cigarrillos al cuarto, me aseguro de que Maria Elena esté ocupada en la cocina, subo a la mesa, plato en mano, lo alzo y vacío el bodrio dentro de la pantalla. Por precaución, dejo un poco en el plato para no  despertar sospechas.
 –Ave María chico, ven acá, tu madre me  dijo mentiras. ¡Estaba yo ya preparando el látigo para que acabaras hasta el último pedazo!– dijo Monique, con su delicioso acento cubano.
En la cena, la iluminación del comedor se percibía más tenue que de costumbre. Dos días  después, una pestilencia agria invadió la casa y la nube de moscas prietas sobre la lámpara delataron mi fechoría. A los dolores acumulados, uno más: tres días sin salir a jugar. Sin embargo, el castigo no me agobió tanto, pues el  tiempo de juego lo  pasaría en casa de Shirín, mi abuela materna. Por suerte, la vieja, cara bonachona, chimuela con dentadura totalmente postiza, con su acento mezcla de cubano y turco sefardita que es  objeto de burla entre los vecinos, vivía  a media cuadra de mi casa. Como en esa época los robachicos ya habían sido erradicados de la Ciudad de México, me dieron permiso de  ir caminando solo. Desde el zaguán de su edificio, sentí la fragancia de mi platillo favorito: calabacitas  rellenas de carne en salsa agridulce de jitomate y tamarindo.  Apenas abrió la puerta del pequeño departamento y se encontró con su nieto favorito, me abrazó y comió a besos y luego, con las regordetas manos oliendo a ajo,  pellizcó  mis chapeados cachetes.

¿Deké te metieron el espaladrapo andriva del osho? Ya sé, te ajarvaron los javeres con el bate komo el anyo dalkavo ¿vedrá?
–No agüe,  esta vez fue en las coleadas.
Savalí, preciado de la abuela, ke boy de shamar ke te dieron los kadimsises.    
Ya liberado del abrazote, expliqué a la abuela que por una diablura, mis papás me mandaban castigado a su casa durante tres días.
Sano k’estés pashá. Asivivas ke agas munchas diabluras para ke te manden mas siguido– se rió pícaramente.
El embriagador aroma de la casa me empujó a correr a la cocina, levantar la tapa de la olla y deleitarme con las emanaciones.
–Ayde, al punto estará  presto i mos asentamos a komer
–Gracias agüe que me hiciste mis adorados rellenos.
  –Esos son para amaniana. Oy kale ke komamos apio bola con zanahoria en agristada ama sin güevo como le gustan  a mi Rafiko.
Mi cara adquirió tonos de tierra caliente. Sentí un odio enorme hacia mi madre por montar el complot. Y yo que creí que pasar  tres días encerrado con la abuela sería más bien un deleite. Tal vez lo fuera, pero me obligaría a seguir comiendo la asquerosa bazofia. Volteé hacia arriba y descubrí algo que nunca había notado.  
–¡Oye agüe, como se parece la lámpara de tu comedor a la nuestra!
Si preciado, merkimos las dos en Marsella y en muestro comedor en La Habana, que era ná, ansina de grande, estaban instaladas las dos. Kuando  mamá se iba a kasar y vinir a México, los echos de tu nono no andaban djustos y kalía  de vender la casa grande y en la mueva abastaba una sola, alora que la otra la metimos en el ashuguar de  tu madre. La tuvo envalidjada muncho tiempo. Pasaron por Manzanillo y Guadalajara y   fue kuando se mudaron a tu kasa aktual que la instaló.
No, mamá ya habrá contado a la abuela mis diabluras, pensé. No va a ser fácil deshacerme de esto en la misma forma. Además el techo está mucho más alto y la abuela no se me despega.
Con el plato servido frente a mí, trataba de recordar la primera vez que lo había probado, acaso queriendo descubrir por qué lo odiaba. Mis párpados me pesaban y me rodearon imágenes turbias llenas de estática, como cuando no sintonizas  bien un televisor. Entonces, mis ojos se movieron convulsivamente intentando aclarar las figuras y los sonidos, y sentí que me sacudían dentro de una bolsa de agua, mientras una voz cavernosa, sin duda la del tío Gabriel, retumbaba:
–Cabrona, el apio con zanahoria se hace con limón, no con caldo de pollo.  Debe ser agrio, muy agrio y frío, siempre frío.
Las sacudidas seguidas de golpes secos eran cada vez más violentas y comenzó a darme náusea, me dolía la cabeza y quería vomitar. En la cocina la abuela me decía cosas que yo no entendía. Era un duermevela en que su voz ininteligible  se mezclaba con los gritos y las reclamaciones del tío. La película seguía, torturante, proyectándose en el sutil telón de mi memoria. Cuando desperté  de  la pesadilla sentía mi cuerpo empapado y traté de incorporarme en la silla  mientras levantaba la cabeza hacia la lámpara.
Años después comprendí todo. No odiaba las zanahorias, no odiaba el apio bola, ni tampoco el limón, ni el caldo de pollo ni los platillos fríos. Tampoco odiaba ese platillo. Me irritaba esa voz, la del tío Gabriel. Lo odiaba a él  por el dolor que nos infligió a mi madre y a mí, por el yugo  bajo el que mantenía a toda la familia.
Cuando cumplí dieciocho años me paré delante de él, vi fijamente a sus ojos y le dije:
–Tío, te perdono– Pero él no dijo nada. Empezaba a quedarse sordo. También decidí probar el odiado platillo. Y me gustó, me gustó mucho.
Nunca más volteé a ver las lámparas en los techos.

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1  ¿Por qué te pusieron esparadrapo en el ojo?. Ya sé, te pegaron tus amigos con el bat, como el año pasado, ¿verdad? (ladino)
2 Pobrecito, querido de la abuela, qué golpe te dieron los malditos (ladino)
3 Que estés sano. Hazme el favor de hacer más diabluras para que te manden mas seguido (ladino)
4 Ändale, en un minuto estará  listo para sentarnos a comer (ladino)




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